Preguntamos a los niños sobre el trabajo de los mayores: ¿qué tienen que decir?

¿Qué dicen los niños sobre el trabajo de los adultos?

La XVI Encuesta ¿Qué quieres ser de mayor?, elaborada por Adecco en 2020, afirma que casi el 22% de las niñas españolas elegiría ser médico en su futuro laboral, una profesión que el año pasado desbancó del trono a la de profesora. Ser médico también pasó por delante de policía en la segunda profesión más elegida por los niños, aunque el primer lugar lo sigue ocupando ser futbolista para un 24% de ellos. Sin embargo, la visión que tienen los niños sobre el mundo laboral es mucho más amplia de lo que solemos pensar y no se limita a si de mayores quieren ser veterinarios, profesores, astronautas o ‘youtubers’. También se forman su propia opinión sobre temas como la jerarquía, el bienestar y la libertad en el trabajo e incluso la utilidad del teletrabajo que muchos observaron durante el confinamiento. Hablamos con cuatro niños, de 5 a 13 años, que nos sorprenden con sus intereses laborales y comparten con nosotros sus opiniones acerca del trabajo. Escucharles nos aporta nuevas perspectivas y también algunas lecciones.

La influencia del entorno

Júlia, de 8 años, no duda ni un momento: quiere ser profesora, como las de su escuela, con las que se lo pasa muy bien y tiene un vínculo muy especial. “Siempre decimos que somos una familia”, apunta. Su madre, a lo lejos, asiente con la cabeza. La clase que más le gusta es la de educación física, pero como maestra preferiría enseñar otras materias. Coincide con ella Ariel, de 5 años, a la que también le gustaría ser “profesora del cole”. “Me gusta mucho aprender”, contesta cuando le preguntamos por qué quiere ser maestra. Nos explica que ya sabe sumar, así que quizás por esto afirma que le apetecería dar clase de matemáticas.

El peso y la influencia que tiene la escuela en la vida de estos pequeños se hace evidente en sus respuestas, dado que el contacto diario que tienen con sus profesores es lo que más se acerca en su entorno, además de lo que conocen del trabajo de sus padres o familiares, a la realidad del mundo laboral. Un poco mayor es Cristina, de 12 años, que se plantea trabajar como psicóloga, pero quiere hacerlo dentro de una escuela, “para hablar con los niños y las niñas de sus problemas”, precisa. El único que se desvincula del universo escolar es Luis, de 13 años, al que le gustaría ser arquitecto, igual que su madre, “para hacer diseño de casas en 3D”.

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¿Igual que mamá o papá?

A diferencia de Luis, nuestras otras tres entrevistadas tienen menos claro eso de seguir el mismo camino que sus padres. Aunque Ariel parece que duda, a ratos, ya que su padre es músico y profesor de música y ella admite que también le gustaría aprender a tocar algún instrumento. Quizás pueda seguir su estela y unir sus dos intereses: la enseñanza y la música. Júlia es quizás la que tiene más dificultades para posicionarse, porque aunque sabe a qué lugar de trabajo van cada día sus padres, un supermercado y un centro de atención a menores, se queda en silencio cuando le preguntas si sabe qué tareas desempeñan.

Esto es algo que se repite en la mayoría de los niños entrevistados. De hecho, Ariel lo ejemplifica con una graciosa anécdota. Su madre es responsable de comunicación de una marca de quesos, pero para la pequeña su trabajo consiste “en sacar la leche de la vaca y hacer quesos”, explica. Su madre, atenta a la conversación, estalla en carcajadas. Esta inocente confusión sirve para subrayar la dificultad de explicar y hacer entender a los más pequeños ciertos trabajos con los que todavía no están familiarizados.

Lo importante es pasarlo bien

En lo que no hay discusión es que en el trabajo hay que divertirse. ¿Y por qué es esto tan importante? “Es lo que voy a estar haciendo toda mi vida”, responde Luis. Puesto que la respuesta es unánime, les pedimos que nos den un consejo para aquellas personas que no estén contentas con su trabajo. Cristina no vacila ni un segundo: “Deberían cambiar, buscar otro trabajo en el que se lo pasen bien, porque van a pasar mucho rato allí”. Y Júlia reitera: “Les aconsejaría que hablaran con sus jefes para decirles que quieren cambiar de trabajo”.

Sus respuestas, contundentes, nos ponen en cierta evidencia, ya que a veces los adultos nos imponemos demasiadas barreras y permitimos que el miedo al cambio nos bloquee. Luis, sin embargo, es el mayor y parece que también el más precavido: nos recuerda que reconvertirse es posible (aunque esa no sea la palabra utilizada, claro), pero que hay que evitar correr ciertos riesgos. “Si no tienes posibilidad de tener otro empleo, deberías continuar en el mismo porque si no, igual no puedes comer o pierdes la casa, aunque deberías seguir buscando un trabajo que te gustara”, reflexiona.

¿Quién es el jefe?

Júlia introduce una figura esencial en el entorno laboral: el jefe, al que define como “el que organiza las cosas, el que manda”. Un rol que los demás también reconocen y que Cristina, a la que no le gustaría ser jefa, ve como el de la persona que se encarga de “repartir el trabajo entre su gente”. Para Luis, el jefe es el que tiene que “dirigir la empresa y ver cómo va todo”, y vuelve a su entorno más cercano para poner un ejemplo: el director del colegio.

Parece que los cargos de autoridad todavía no les interesan demasiado, aunque Luis dice que sí se lo plantea: “Me gustaría, pero si eres jefe tienes mucha presión y tienes que hacerlo todo bien porque la empresa depende de ti”. Júlia, por su parte, cree más en la gestión horizontal, aunque todavía sea demasiado joven para saber lo que eso significa, y considera que sería mejor que cada uno pudiera trabajar a su ritmo, sin tener un jefe por encima. Para organizarse, su solución sería “hablarlo entre todos”.

Trabajo en equipo y buenos horarios

Si bien están acostumbrados a desarrollar proyectos en grupo en la escuela, no todos son defensores a ultranza del trabajo en equipo. “Prefiero trabajar solo porque así no me distraen, pero si trabajo con gente lo bueno es que me ayudan cuando no entiendo algo. En realidad las dos cosas son buenas”, apunta Luis. La más pequeña, Ariel, apuesta por lo comunitario porque, según ella, “es más fácil si se hace con la ayuda de más gente”, a lo que Júlia añade que, al trabajar en grupo (o en equipo, como decimos los adultos), “tienes más relación con tus compañeros”.

A pesar de su corta edad, parece que conocen la importancia de organizar el trabajo y los más mayores son también conscientes de que existe una jornada laboral de 8 horas. Pero también destacan, a su manera, la importancia de tener un horario laboral flexible que les permita hacer actividades de ocio. Y, aunque son la generación que ha crecido con un smartphone o una tablet en la mano y están familiarizados con las tecnologías, tampoco creen que en un futuro lo hagamos todo a través de pantallas. Para ellos, la era de la robotización del trabajo todavía no ha llegado.

¿Qué pasa con el teletrabajo?

Con lo que sí que se han familiarizado, especialmente a raíz de la pandemia, es con un concepto que, para muchos adultos en España, también era nuevo: el teletrabajo. Aunque durante el confinamiento sus padres siguieron acudiendo a sus puestos de trabajo, Júlia conoce el concepto y lo define como “trabajar a través del ordenador, el móvil o la tablet”. Cristina afirma que ya sabía que se podía trabajar desde casa, “pero antes no lo tenía tan claro como ahora”. Y a pesar de ser tan joven, ya parece estar al tanto de las ventajas y desventajas de esta modalidad laboral: “Es más chulo porque tu madre está en casa cuando llegas, pero por otro lado a los padres les gusta más ir a la oficina y tener su propio espacio”, dice. Luis coincide: “Me gusta porque así los veo más”. Una evidencia de que la conciliación laboral es algo que, quizás sin saberlo, también reclaman los más pequeños.

Más dispares son sus opiniones acerca de si se ven teletrabajando en un futuro. Cristina iría cada día a la oficina, aunque Luis preferiría no hacerlo: “Si voy a estar con el ordenador diseñando casas, qué más da que esté en la empresa o en casa”. Júlia lo combinaría: “preferiría trabajar en casa, pero iría algún día a la oficina para coincidir con los compañeros”, matiza.

El dinero no da la felicidad

De sueldo y dinero no quieren ni hablar. Lo importante para los cuatro, como ya nos han dejado claro, es pasárselo bien en el trabajo. “El dinero me da igual”, dice Júlia, aunque su hermano pequeño, Nil, de 4 años, que juega mientras mantenemos la conversación, exclama inesperadamente: “Ganar mucho dinero para comprar cosas y para poder ir a EuroDisney”. Esas son sus prioridades.

Pero, aunque el tema monetario no domine los pensamientos de estos pequeños, Cristina sabe que trabajar sirve “para mantenerte y poder hacer algo con tu vida”. Y Luis nos sorprende con una reflexión final: “Si nadie trabajase, el mundo dejaría de existir. Si nadie cultivase, nadie podría vender y al final nos acabaríamos muriendo de hambre. Si nadie arreglara los edificios, se acabarían cayendo”.

El historiador israelí Yuval Noah Harari explica en su libro 21 lecciones para el siglo XXI que la mayoría de los niños que nacen hoy se dedicarán a ocupaciones que aún no existen. Este seguramente sea el caso de Júlia, Ariel, Cristina y Luis, que dentro de unos años se enfrentarán a un mundo laboral extremadamente cambiante que les obligará a aprender habilidades hasta ahora desconocidas y alejarse de esa idea, ya obsoleta, de tener un único empleo para toda la vida. Lo que no deben olvidar es la importancia de hacer un trabajo que les haga felices, algo que hoy, aunque sean niños, ya tienen claro.

Foto de WTTJ

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