Por qué el confinamiento ha cambiado nuestra percepción del tiempo

Por qué el confinamiento cambia nuestra percepción del tiempo

¿A ti también te pasa que desde que empezó el confinamiento sientes que el reloj no avanza como de costumbre? ¿Que todos los días (y las reuniones por videoconferencia) son iguales y que el tiempo se ha detenido? ¿Que todo se difumina? Para intentar comprender nuestra percepción del tiempo, hemos entrevistado a Jean-Yves Boulin, investigador asociado de Sociología en la Universidad París-Dauphine y especializado en cuestiones relacionadas con los horarios laborales.

Desde hace varias semanas, quienes se han visto sometidos a un confinamiento total tienen la impresión de que el tiempo se ha detenido. ¿Por qué?

No es el tiempo lo que se ha detenido, ¡sino nosotros! La situación actual provocada por el coronavirus está poniendo en duda aspectos fundamentales de nuestra vida moderna, que es por naturaleza hipermóvil: vamos al trabajo, llevamos a los niños al colegio, nos desplazamos para hacer la compra, nos marchamos de vacaciones… Ahora, aunque nos hayamos quedado parados, Cronos sigue en movimiento: las horas, los días y las semanas pasan igual que antes. El espacio y el tiempo están íntimamente ligados, no podemos separarlos: es lo que se denomina la dimensión espacio-tiempo. Cada una de nuestras actividades está ligada a un lugar, y la sal de la vida moderna está precisamente en realizar muchas actividades en espacios dedicados a ellas (la oficina, las salas de espectáculos, el gimnasio, etc.). Sin ello, la vida se vuelve lineal. Hoy todo esto se ha detenido, la cual cosa es inédita.

“No es el tiempo el que se ha detenido, ¡sino nosotros!”

¿No habíamos experimentado nunca un parón igual?

Aunque no me convence la metáfora de la guerra que se ha estado usando, sí es cierto que muchos aspectos de la vida cotidiana también se paralizaron. En el caso actual, estamos ante una conmoción sin precedentes, tanto desde el punto de vista espacial (nos vemos limitados a un único espacio doméstico) como desde el punto de vista temporal (ya no hay diversidad en el tiempo). Obviamente, todavía existe el ritmo del día y de la noche, pero los horarios sociales (caracterizados por las actividades que los ocupan) se entremezclan.

¿Quiénes son los que más sufren esta época de parálisis?

Los que están viviendo un cambio más radical son claramente los empleados, que de la noche a la mañana, han pasado de trabajar a estar en situación de paro técnico o ERTE y se encuentran encerrados en casa, esperando que la vida se reanude, pero sin saber cuándo. Puede ser duro psicológicamente porque no puedes trabajar ¡y encima te van repitiendo que “no estás de vacaciones”! Para estos trabajadores en paro técnico, es decir, los que no pueden teletrabajar (contrariamente a la mayoría de directivos), las prohibiciones representan un cambio todavía más abrupto. La mayoría poseen cualificaciones e ingresos más bien bajos, y por lo tanto una vivienda menos espaciosa, y no disponen de mucho capital social, cultural ni digital.

Precisamente, se habla mucho de que esta situación refuerza las desigualdades sociales…

Efectivamente. Se están llevando a cabo muchos estudios, pero probablemente lo más difícil para estas personas son las limitaciones del lugar en el que viven. Para combatir el carácter lineal del tiempo, es necesario poder establecer actividades diferenciadas y organizar el espacio vital de acuerdo con ellas, pero cuando el espacio es muy limitado…

¿Cuáles son los riesgos psicosociales para quienes toleran peor este periodo de inactividad?

Podemos imaginar el efecto que puede tener sobre la salud la ansiedad, el estrés o una especie de burnout, no ligado al trabajo sino al confinamiento y a la ausencia de un horizonte espacial y temporal. Lo cierto es que incluso para quienes creen tener lo que el antropólogo David Graeber llama un “trabajo de mierda” (“bullshit job”, es decir, sin sentido), el trabajo permite salir del espacio doméstico, relacionarse con otras personas, etc. Al fin y al cabo, somos animales sociales.

El trabajo permite salir del espacio doméstico, relacionarse con otras personas

¿Acabaremos superando este obstáculo y acostumbrándonos a un “nuevo tiempo” lineal?

El ser humano siempre intenta adaptarse. Es lo que hemos estado haciendo a diario durante las últimas semanas. Pero esto es como cuando estás en el paro: los primeros días te sientes satisfecho, liberado de las restricciones del trabajo, pero al cabo de dos o tres semanas, en función de la persona, la ansiedad reaparece, sobre todo la relativa a volver a encontrar trabajo. A día de hoy, lo más difícil para quienes estamos confinados es no poder anticipar lo que sucederá después. Vivimos en una especie de presente permanente, sin poder relacionarlo con la situación anterior ni con la que vendrá. Así que intentamos adaptarnos, reorganizar el tiempo a nuestra manera. Pero no: el ser humano nunca entenderá este periodo lineal y limitado como una situación “normal”.

“Vivimos en una especie de presente permanente”

¿Por qué?

Porque así es como estamos programados como seres humanos. Necesitamos diferentes ritmos en nuestra vida, a veces lentos, a veces rápidos. Una variedad de actividades y, sobre todo, una variedad de conexiones sociales.

Pero a veces, con el teletrabajo, todo se difumina. No es fácil separar lo personal de lo profesional.

Este desdibujamiento de los límites no surge del confinamiento, pero este lo acentúa. La cuestión del equilibrio entre vida profesional y vida personal apareció en la década de los 80, cuando las mujeres ocuparon realmente su lugar en el mercado laboral, y su importancia no ha hecho más que crecer con las nuevas tecnologías, que permiten trabajar en cualquier lugar y en cualquier momento.

Con el confinamiento, encontrar momentos y espacios separados para el trabajo y para la vida familiar, sobre todo cuando el espacio es pequeño, ¡es muy complicado! El tamaño de la vivienda vuelve a tener un papel central, así como el número de ocupantes y la edad de los niños si los hay. La estructura del tiempo ya no es tan obvia como antes: hay que trabajar, convertirse en profesor durante una hora, hacer más tareas domésticas puesto que todo el mundo está en casa… La combinación de esta variedad de tareas hace que todo se superponga y se entrelace. Y ahí depende de cada uno el gestionarlo lo mejor que pueda, en función de sus biorritmos. Algunos se marcan reglas y horarios muy estrictos, otros reducen un poco el tiempo de trabajo en favor de la vida familiar (o viceversa).

“Con el confinamiento, encontrar momentos y espacios separados para el trabajo y para la vida familiar, sobre todo cuando el espacio es pequeño, ¡es muy complicado!”

Algunos teletrabajadores, especialmente los más aislados, están trabajando aún más para llenar el vacío…

Efectivamente, este es un riesgo. Cada día es igual al anterior y el ritmo semanal, con el fin de semana claramente identificado, desaparece. Esto lleva a algunas personas a trabajar todos los días, fines de semana incluidos, ya que sus recursos y su tiempo “libre” se lo permiten. Las razones de este comportamiento, sobre las que habrá que hacer estudios, son muy diversas: les mantiene ocupados, pierden la noción del tiempo, se preparan para el futuro y para la salida de la crisis, sus empresas les dan a entender que deben hacerlo… Los trabajadores pueden evitar este riesgo de caer en el trabajo obsesivo si mantienen un vínculo con la comunidad laboral, espaciando la jornada por medio de reuniones con compañeros y entonando, por ejemplo, un “¡Buen fin de semana y hasta el lunes!” al terminar una reunión en Zoom el viernes por la noche.

¿Esta “experiencia forzosa” podría cambiar nuestra percepción del tiempo?

¡Esta es la gran pregunta de la sociología! El confinamiento, según su duración, podría provocar cambios en la percepción que tenemos del tiempo social: tiempo de trabajo, familiar, de ocio, doméstico, de consumo… Los que trabajaban o consumían muchísimo antes de la crisis, ¿seguirán haciéndolo después? ¿Qué pensaríamos si nos dijeran que, a partir de ahora, todas las tiendas van a estar cerradas los domingos para que los trabajadores puedan descansar? ¿Qué es lo realmente importante para nosotros? Puede que experimentemos una especie de re-jerarquización del tiempo. Y es el cambio en nuestra percepción personal lo que podría provocar cambios de comportamiento a nivel colectivo.

“Este confinamiento, según su duración, podría provocar cambios en la percepción del tiempo social: tiempo de trabajo, familiar, de ocio, doméstico, de consumo…”

¿Es posible predecir algunos de estos cambios?

Lo más probable ahora mismo es que los nuevos teletrabajadores se den cuenta de que pueden pasar parte de su semana laboral en casa. ¡Y que los jefes comprendan que esto no es malo! La normalidad en relación con este tema puede cambiar. Otra cosa que es muy probable, en cierto modo derivada de lo mismo y por la que llevo tiempo haciendo campaña, es que se genere una reflexión colectiva sobre la autonomía de cada individuo. Que se convierta en norma que un trabajador pueda negociar su horario de trabajo y de descanso, según su propio biorritmo, pero también según el momento de la vida en que se encuentre.

Deberíamos poder gestionar nuestro horario laboral a lo largo de nuestra vida y alternar el trabajo con períodos largos de formación, permisos de maternidad o paternidad, años sabáticos, etc. El ser humano es portador y actor de varias habilidades sociales y es necesario que pueda expresarlas todas. La sociedad y la empresa deberían dar a la gente la libertad de organizarse, con límites, por supuesto. Esto es lo que yo llamo regulación colectiva de las preferencias individuales. Y no es tan utópico: en Alemania, en el sector de la metalurgia, los trabajadores ahora pueden decidir reducir su jornada laboral de 35 a 28 horas semanales durante dos años por sus propios motivos personales.

“El ser humano es portador y actor de varias habilidades sociales, y es necesario que pueda expresarlas todas”

También estás haciendo campaña para que el trabajo se comparta entre todos…

¡Evidentemente! Tras esta experiencia de inactividad para algunos y ralentización para todos, nos preguntaremos por fin por qué hay gente que no trabaja mientras otros trabajan 60 horas o más a la semana.

En Francia, por ejemplo, el Gobierno acaba de autorizar una posible transición a 60 horas por semana en ciertos sectores. ¿Temes que las conquistas sociales en cuanto al horario laboral se pongan peligro, no solo en Francia sino en todo el mundo?

En tiempos de crisis, siempre aparecen leyes excepcionales. Habrá que ver si se mantienen con el tiempo, pero lo dudo. Más bien creo que al final de esta crisis nos preguntaremos cómo salimos de ella y con qué metas, sobre todo en lo que respecta al cambio climático. ¿Volvemos a empezar de la misma manera, con un capitalismo y un consumismo a tope para recuperar el “tiempo perdido”? ¿O nos lo replanteamos todo? En cierto modo, esta crisis, este parón casi total, es una oportunidad para hacernos preguntas sobre nuestro modelo de desarrollo.

Traducido por Rocío Pérez

Foto de WTTJ

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Clémence Lesacq

Editorial Manager - Modern Work @ Welcome to the Jungle

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