"Me siento atrapado en un trabajo que no me gusta"

"Me siento atrapado en un trabajo que no me gusta", testimonios

Puede que te enfrentes a un trabajo con condiciones precarias, para el que estás sobrecualificado, con un ambiente poco saludable o, sencillamente, en el que no te sientas realizado o valorado. Un empleo en el que no estás a gusto te expone al riesgo de sufrir estrés, agotamiento físico y mental, e incluso ver minada tu autoestima, síntomas que se asocian al síndrome del trabajador quemado (reconocido por la OMS como enfermedad). Y, sin embargo, no siempre es posible dejar un trabajo que no nos hace sentir bien, especialmente si nos enfrentamos a una situación profesional y económica complicada. Para quienes no disponen de un colchón económico que alivie la presión de pasar aunque solo sea unos meses sin trabajar, el día a día se convierte en un complicado camino que transitar. ¿Cómo le hacen frente quienes se encuentran en esta situación?

De las 12 definiciones que la RAE da del término “trabajo”, ninguna sugiere nada agradable. “Ocupación retribuida” ya da pistas de que, en la mayoría de los casos, se trata de algo que se hace por necesidad, para conseguir una remuneración. Más dramática es la que habla de “penalidad, molestia, tormento o suceso infeliz” y que ya nos iba dando una idea de que el trabajo a veces puede distar mucho de la felicidad. Y es que, como dice la canción, “es una lata el trabajar”, que desgraciadamente en ocasiones va mucho más allá del fastidio que supone tener que madrugar o estar sometido a un horario fijo.

Lo más básico: horarios y remuneración

La precariedad laboral ha hecho que la relación de Álvaro con su trabajo sea insostenible. Álvaro (nombre ficticio) trabaja desde 2017 como auxiliar de sala en un centro cultural de Santander. De su empleo hay muchas cosas que valora en positivo: le gusta estar en un entorno cultural, le gusta el trato con el cliente y no tener que llevarse el trabajo a casa.

El problema es que las circunstancias en las que desarrolla su labor sí hacen que, de alguna manera, el trabajo le acompañe más allá de su jornada laboral. Sus horarios dependen del tiempo de ocio de los demás: de martes a viernes en turnos de cinco o cinco horas y media, y, a partir del mes de junio, un fin de semana de cada dos de 10 de la mañana a las 8 o 9 de la noche. “Esas jornadas de fin de semana, de pie en las que no podemos sentarnos ni un segundo, las afronto los días previos con verdadera ansiedad, de hecho el año pasado tuve un ataque”, reconoce. Aunque ya desde el principio las condiciones no pintaban bien, considera que en la entrevista “se ocultó cierta información y luego las cosas se han ido agravando con el tiempo”.

Álvaro cobra el salario mínimo y no dispone de ningún complemento salarial, es decir, cuando trabaja un domingo percibe lo mismo que un miércoles. Todas las mejoras que ha habido en su condiciones “han venido por reclamaciones a través del sindicato o de abogados laboralistas”, explica. Denuncia que la empresa cuenta con buenos ases en la manga: “Juegan con la precariedad del mercado laboral. En cuanto se les plantea alguna posibilidad de mejora, la única solución que ofrecen es indicar que hay muchos candidatos en la puerta”.

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El trabajo de tus sueños convertido en pesadilla

Juan trabaja en el mundo de la comunicación y no quiere revelar dato alguno que pueda ligarle a su empresa, puesto que teme las represalias. En su caso, no solo tenía el trabajo de sus sueños en un sector realmente difícil lograrlo, sino que además disfrutaba de unas condiciones laborales óptimas. Sin embargo, tras cuatro años en la empresa, empezó en un nuevo equipo con un nuevo jefe. Entonces todo cambió y su trabajo se hizo insoportable.

Llegó la pandemia y su superior directo consideró que no estaba rindiendo como debía, lo que terminó generando, según Juan, una fijación malsana hacia él. Según explica, su jefe empezó a ponerle “pequeñas trabas” con la clara intención de ponerle a prueba y amenazarle asegurándole que de cara a los superiores “estaba dando una imagen muy mala”.

En su caso, la complicada situación con su superior le afectó gravemente a la confianza en sí mismo y a su motivación. “Me atacaba la autoestima que dudaran de mí y de mi capacidad como profesional”, lamenta. “La situación se volvió insostenible emocionalmente, con tal tensión en el trabajo que yo vivía con mucho miedo durante esos meses. Temía fallar y entendí que fallar implicaba un despido”.

“No estoy mal, pero esto no es lo que quiero”

Pero ¿qué sucede cuando las condiciones y el ambiente de trabajo son correctos y aun así no nos sentimos satisfechos con nuestro trabajo? Sin duda, el bienestar laboral requiere que se reúnan las condiciones necesarias para cumplir con el objetivo principal de un trabajo cubrir las necesidades básicas de una persona. Es decir, lo primero es un salario que permita vivir dignamente. Pero tal como expone la conocida teoría psicológica de la pirámide de Maslow o jerarquía de las necesidades humanas, una vez cubiertas estas necesidades básicas, nos empezamos a preocupar por satisfacer otras, como el sentido de pertenencia o la autoestima.

Es la situación a la que se enfrenta Silvia, que empezó a trabajar como dependienta en una tienda de ropa al terminar sus estudios. Buscaba algo de media jornada para seguir formándose y este trabajo fue lo que encontró. “Me quedaba cerca de casa, el salario estaba bien… fue lo que vino primero y así se quedó”, comenta. Explica que tenía pensado quedarse unos meses, que fuese solo un trabajo transitorio, pero después llegó la pandemia y el ERTE. “Amigas que trabajaban en otras tiendas de ropa empezaron a ser despedidas y a mí me mantenían, así que me dije ‘¿cómo me voy a ir con la situación de pena que hay ahora mismo?’”. Pero a pesar de este pensamiento lógico y de que tanto el ambiente como el salario, estuvieran bien, la realidad era que Silvia quería algo distinto y cada día se quemaba un poco más.

“Dejas de reconocerte a ti misma. Yo soy una persona muy vital, siempre con ganas de hacerlo todo, y veía como me iba apagando poquito a poquito”, asegura. “Hay semanas que estoy mejor porque he podido hacer cosas fuera que me han gustado, pero otras semanas estoy muy quemada y solo quiero dejarlo todo. Creo que si hablas con cualquier persona que trabaje en una tienda, restaurante, hotel… te dirá lo mismo que yo”, declara.

Entre abandonar o buscar vías de escape

A pesar de que su trabajo le gustaba, Juan se planteó dejarlo, aunque al final optó por quedarse. “Estuve en búsqueda activa, pero las condiciones que tengo están bien y el sector tampoco es muy boyante”, explica. Aunque ha tenido que encontrar vías de escape contra el tedio y la ansiedad generada por el trabajo, en su caso, el deporte. Aunque también reconoce que su situación ha mejorado con la ayuda de un psicólogo, que le ha dado claves sobre cómo enfocar y tratar a personas como su jefe.

“Es muy fácil decir ‘pues déjalo’”, subraya Silvia sobre lo que puede pensar la gente que observa la situación desde fuera. En su caso reconoce que ha seguido en su puesto porque se ha “acomodado”. “Cuando tienes un trabajo estable y que no está mal dentro de lo malo que podría ser, te acomodas, porque al final sabes que da estabilidad a tu vida, y en estos momentos en los que está todo tan en el aire es como una roca a la que agarrarte. Oyes historias de personas que están buscando trabajo ahora, y realmente es escalofriante”. Aunque, en cualquier caso, Silvia destaca la importancia de compartir nuestro malestar con nuestro entorno. “Creo que exteriorizarlo es importantísimo. Al compartirlo descubres otras experiencias de gente que ha pasado por cosas similares, y eso ayuda”, asegura.

En el caso de Álvaro, a lo complicado del mercado laboral se le unen las consecuencias de un empleo con un componente físico: “En función de los turnos, llego a casa tan cansado que me resulta imposible asomarme a una página web para buscar otro trabajo o realizar una entrevista”. Para sobrellevar el malestar, su refugio ha sido el teatro.

Tanto Álvaro como Silvia se han marcado una fecha tope para dejar el trabajo. “Da miedo pensarlo porque es un riesgo que te puede salir genial o fatal. Pero creo que es el momento de tomar esa decisión”, dice Silvia. “Es como una carrera de fondo y poder ver un final, un momento en el que todo termine, ayuda a sobrellevarlo mejor”, añade. Además, como herramienta para combatir la falta de autoestima o confianza que se pueden derivar de sentirse atrapado en un trabajo que no nos gusta, la joven profesional recomienda: “Dale importancia a lo que tú eres como persona, no como trabajador. Creo que es muy importante no olvidar que, aparte de ser un trabajador, tienes una vida, unas aspiraciones, unos sueños… Visualizarte en unos años en un trabajo o un sitio que te guste más te ayudará a verlo de otra manera y salir adelante. Un día menos”.

Foto de WTTJ

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