Julia Faure contra la 'fast fashion'

Julia Faure contra la 'fast fashion'

Loom, que significa “telar” en inglés, es una palabra que Julia Faure ha puesto de moda en Francia y que da nombre a su marca de ropa ética. Loom es un instrumento que, en manos de esta mujer comprometida, se convierte en una herramienta para desentrañar los trapos sucios de la industria textil.

La ecuación es simple: “producir equivale a contaminar”. Estas palabras no son de Greta Thunberg, de la Juventud por el clima o de Greenpeace, sino de Julia Faure, cofundadora de la marca de ropa sostenible Loom. La solución que propone esta treintañera nos recuerda a las clases de matemáticas de nuestra infancia: “menos por menos es más”, o lo que es lo mismo, “compra menos y con menos frecuencia, pero compra mejor”. Mientras que la industria de la moda lleva años bombardeándonos con estrategias comerciales que nos empujan a gastar más y más, Julia y su socio Guillaume Declair piden a sus clientes que solo compren sus productos si realmente los necesitan.

Diseñada para durar

En su sitio web no hay promociones, ni precios que terminan en 99 céntimos, ni ventanas emergentes que te avisan de que “otros usuarios están mirando el mismo artículo”. Sólo hay camisetas, pantalones chinos, camisas y sudaderas, a menudo agotados, porque “producir bien lleva su tiempo”. Procedente del noreste de Francia e instalada en la capital gala, Julia ha procurado no dejarse contaminar por el síndrome parisino: ni tiene prisa, ni está desbordada. Le pedimos una entrevista y nos la concede ese mismo día. Y si no hubiéramos tenido otras obligaciones, nos da la impresión de que la conversación podría haber continuado hasta la noche sin que a ella le molestara. “Ah claro, lo siento, tienes que irte”, se disculpa, y es que una hora más tarde, la charla había derivado en la situación actual de los periodistas y el estado de los medios de comunicación.

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Esta ingeniera presta tanta atención a su ropa como a sus interlocutores. Su día a día en Loom incluye numerosas llamadas a los proveedores, controles de calidad, visitas a las fábricas “para asegurarse de que no haya cosas raras” y para entender cómo funciona el proceso de fabricación. Todo esto con el objetivo de producir ropa lo más duradera posible. “Duradera en todos los sentidos de la palabra: que conservas durante mucho tiempo, que no tiras después de tres lavados porque tiene agujeros o porque ha encogido una talla, pero que, además, tiene el menor impacto posible en el planeta y en los humanos”, explica Julia, que ahora lleva puesto un cinturón de su marca para probar su sistema de cierre.

En el otro extremo de la cadena de Loom no hay niños ni mujeres en condiciones de explotación, no hay fábricas en Asia ni algodón lleno de pesticidas o animales maltratados, sino pequeñas fábricas en Francia, Portugal, Italia y España, materiales naturales sin productos químicos peligrosos para la salud y etiquetas como GOTS (del inglés Norma Textil Orgánica Global) que garantizan el bienestar de los animales.

Sin embargo, en sus inicios, la marca de Julia y Guillaume no estaba destinada a basarse en una ideología tan responsable. “Al principio solo queríamos diseñar buena ropa, porque estábamos hartos de comprar camisetas a cualquier precio sin saber cuánto tiempo durarían”, confiesa. Así es como ambos socios se lanzaron de lleno en las profundidades de la industria textil y, al ir tirando del hilo, se dieron cuenta de que la obsolescencia programada de la ropa esconde muchos más problemas. “El del poliéster que arroja microplásticos al océano, el del sufrimiento animal, el de la financiación de las empresas, el del algodón convencional, o el de la representación con tallas que solo llegan hasta la XL”, enumera Julia, que desde entonces se ha centrado en ir deshaciendo uno por uno todos estos nudos.

“Al principio solo queríamos diseñar buena ropa, porque estábamos hartos de comprar camisetas a cualquier precio sin saber cuánto tiempo durarían”.

Amazon, el activismo y el precio justo

Ante ella se impone uno de los sectores más contaminantes del mundo, que lanza al mercado más de cien mil millones de prendas cada año y en el que los consumidores compran el doble que hace quince años. Luchar contra un gigante de tal tamaño y contra los hábitos de consumo de toda una población no parece tarea fácil. Julia lo sabe, pero tiene preparada la respuesta: “¡No podemos desanimarnos! Debemos dedicar todo nuestro empeño en luchar contra el calentamiento global”.

“¡No podemos desanimarnos! Debemos dedicar todo nuestro empeño en luchar contra el calentamiento global”.

La conciencia ecológica de esta emprendedora, con un estilo de vida “más bien minimalista”, surge mucho antes de que diera sus primeros pasos en la industria de la moda. La menor de tres hermanos recuerda: “Mi padre era un ecologista precoz, me hablaba de René Dumont (primer candidato ecologista en Francia en 1974, N.de la R.) y me hizo tomar conciencia de la importancia de la biodiversidad. Mi madre estaba totalmente en contra del desperdicio. Ambos siempre han votado al partido ecologista”.

Estos valores familiares no impidieron que Julia se sintiera atraída por el mundo de los negocios. Tras graduarse en la escuela de ingeniería agrónoma, entró a trabajar en Amazon. Allí pasó dos años, hasta llegar a la conclusión de que una empresa así “no necesitaba su energía”. “Me di cuenta de que no tenía sentido crear una empresa que forma y contrata a los mejores si es para ponerlos al servicio de una causa puramente económica”, explica. Así es como cambió su puesto como ejecutiva y sus 4.000 euros de nómina por los estudios de género, “porque era una chica de 28 años y había leído cosas como la Teoría King Kong (Virginie Despentes, 2018, Literatura Random House)”.

En la Universidad Autónoma de Madrid abrió su mente, conoció a gente que ganaba menos “y no estaba obsesionada con el dinero” y comprendió que el mundo es algo complejo. “Y una vez se ha tomado conciencia de una desigualdad, es difícil ignorar las demás”. Así fue como, a través de la lucha contra la discriminación de género, comenzó a convertirse gradualmente en activista.

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Y entonces un día, sin saber muy bien cómo, descubre la película The True Cost, de Andrew Morgan. El documental, que denuncia las deficiencias de la fast fashion o “moda rápida”, le confirma su creencia de que esta industria perjudica a las mujeres, “aquellas que trabajan en las fábricas de Bangladés, aquellas que se sienten obligadas a comprar o aquellas que no se sienten cómodas en su propia piel”. Después de ver la película, fue imposible volver atrás y cerrar los ojos ante la semiesclavitud en la que se produce mucha de nuestra ropa. Julia decide entonces dejar de comprar prendas producidas por esta industria o cuyo origen desconoce.

Pero por muy comprometida que esté, esta joven no tiene nada de moralista, ni te sermoneará por llevar puestos unos pantalones de Zara y una camiseta de Pull&Bear. “No, me da igual. No culpo a la gente por fumar o por ir al McDonald’s”, afirma, antes de continuar con un punto de rabia en la voz: “En cambio, sí que culpo a las multinacionales que venden estas cosas. Culpo a las personas en el poder que no hacen nada para detenerlos”. Aún más rabia le provocan los gigantes de la moda que se apropian de eslóganes ecologistas mientras hacen que el planeta pague el precio de su ropa barata.

“No culpo a la gente por fumar o por ir al McDonald’s. En cambio, sí que culpo a las multinacionales que venden estas cosas”.

Según Julia, “las empresas son el mundo de las palabras vacías”, pero está decidida a no guardarse las suyas en el bolsillo de sus vaqueros Carhartt, los últimos que compró hace tres años. En 2018, cuando H&M lanzó una camiseta con la frase “There is no Planet B” (No hay alternativa a este planeta), Julia no se mordió la lengua y denunció públicamente a la firma sueca en un artículo (en francés) publicado en La mode à l’envers, el blog de Loom, donde los dos cofundadores de la marca explican su enfoque, y del que se hicieron eco varios medios de comunicación. En unos cuantos párrafos, incluyendo cifras y fotos y basándose en datos de Greenpeace, desmanteló la operación de comunicación y la estrategia de greenwashing (práctica mediante la cual se hace creer que un producto es respetuoso con el medio ambiente, N. de la R.) de la cadena de prêt-à-porter. Un año y medio después, sus ojos azules muestran la misma expresión decidida y comenta riendo: “Es cierto que en H&M no están tranquilos con gente como nosotros”.

Menos pero mejor

Los clientes de Loom, por otro lado, aplauden su postura. El blog La Mode à l’envers (La moda del revés) es uno de los raros rincones de Internet donde la sección de comentarios no hace que te cuestiones tu fe en la humanidad. Al final de cada artículo, se pueden leer cosas como “Gracias por lo que hacéis por la industria textil, por la moda, por el planeta, por nuestros cerebros”, “Brillante. Relevante. Comprometido. Fuerte. Importante”, “Loom demuestra que la sociedad no ha logrado corrompernos a todos”… “¡Sí, la gente está súper involucrada!”, ríe Julia, que se ocupa de responder a las frases de ánimo y a las sugerencias de los internautas.

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Tan involucrados están, que 600 de ellos no dudaron en vaciarse los bolsillos de sus pantalones sostenibles. En marzo de 2019, la empresa necesitaba dinero para continuar la producción, pero lo último que deseaba era perder su independencia en esta coyuntura. En lugar de depender de los fondos de inversión, como hacen muchas startups, Loom hizo un llamamiento a su comunidad y organizó un evento participativo de recaudación de fondos. “Las personas nunca nos obligarán a crecer a expensas de la justicia social o el medio ambiente”, afirma Julia con confianza, quien además cree que para reformar una industria es necesario preguntarse de dónde viene el dinero. Tres días después la plataforma cerró. Habían sido suficientes 72 horas para recaudar 500.000 euros.

Un éxito “XXL” que proporcionó a Loom los medios necesarios para cumplir sus compromisos y que hace que Julia se muestre soñadora. “Sabes, yo no estaba destinada a esto”, reflexiona con modestia, aunque parece estar más que preparada para unir a la gente en esta causa común. Y aunque algún día sienta la necesidad de cambiar de trayectoria, es evidente que su carrera nunca se desviará de las matemáticas y la lógica: “Menos es mejor”. A menos que hablemos de filosofía.

Traducido por Rocío Pérez

Foto de WTTJ

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Hélène Pillon

Journaliste freelance.

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