Un refugio entre fogones, la iniciativa tras Refusion Delivery

Un refugio entre fogones, la iniciativa tras Refusion Delivery

Hummus, arepas, mutabal o kofta son algunos de los platos que Hala, Ahmed y Dani cocinan cada día en el restaurante Refusion Delivery, en el barrio madrileño de Tetuán. Su cocina, en la que se fusionan recetas de todo el mundo, es el corazón de una iniciativa social nacida en la primavera de 2019 de la mano de cinco socios e inspirada en proyectos como Chefugee, también en Madrid, o Eat Offbeat, en Estados Unidos. ¿El objetivo? Lograr que sus chefs, que llegaron como refugiados, puedan lograr estabilidad laboral y emocional a la vez que la sociedad madrileña se acerca a otras culturas. Entrevistamos a Elena Suárez, directora de operaciones de Refusion Delivery, para conocer a las personas detrás de este proyecto que combina gastronomía, solidaridad e integración.

Los cimientos de Refusion Delivery se encuentran en la asociación sin ánimo de lucro Madrid For Refugees, creada en 2015 por Christina Samson e Iván Villanueva, que trabajan junto a otros voluntarios en la asistencia a personas refugiadas, solicitantes de asilo y apátridas llegados a España. A ellos se unieron Álex Valle, Thomas Flege y Elena Suárez. Apoyándose en sus exitosos talleres de cocina del mundo impartidos por voluntarios, decidieron lanzarse a la aventura con la apertura de un restaurante que, además de ayudar a los refugiados, les diera trabajo “real, de manera comprometida, auténtica y sostenible”.

Elena, ¿por qué decidisteis poner en marcha este proyecto?

Nuestra idea es cambiar el discurso tan negativo que existe en la sociedad sobre los refugiados. Lo que yo quiero es que si tú hoy comes un kofta sudanés, la próxima vez que oigas una noticia sobre Sudán te acuerdes. El objetivo es intentar cambiar la actitud de la sociedad a través de la comida, que en España es tan importante. Queremos generar una actitud más positiva a la vez que les ayudamos a integrarse en la sociedad. Nuestro país ya les ha entregado el estatus de refugiados, pero recibir ayudas no es la mejor forma de salir adelante, necesitan un trabajo real. Queremos que logren la independencia.

Desde un punto de vista más personal, yo llevaba mucho tiempo pensando en hacer algo relacionado con la gastronomía. Tanto Thomas como yo hemos trabajado toda la vida con cosas “que no se tocan”, por lo que nos pareció buena idea aunar la gastronomía, la idea de un proyecto tangible y la solidaridad.

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¿Quiénes estáis detrás del proyecto? ¿Qué formación tenéis?

En total somos cinco socios, más tres cocineros y un chico en prácticas. Los socios fundadores somos: Christina, estadounidense que trabaja para la ONU y tiene experiencia en comunicación y diseño; Iván, de origen estadounidense, pero madrileño de adopción, estudiante de psicología y profesor de inglés (fundadores de Madrid For Refugees); Alex, madrileño experto en marketing y que fue precisamente quien puso en contacto a Christina e Iván con Thomas, un alemán que trabajó durante muchos años en la industria aeronáutica, y también conmigo, Elena, española y traductora e intérprete de alemán y francés en el mundo del teatro.

Tenéis perfiles muy variados y ninguno tiene que ver con la cocina. ¿Cómo os repartís las tareas?

Christina y Álex se encargan del marketing y las publicaciones en las redes, Thomas, de las finanzas, Iván lleva todo lo relacionado con el personal (contratos, prácticas…), y yo me encargo de las operaciones. Ahora mismo soy la que está más presente porque desde que empezó el confinamiento no he vuelto a trabajar de intérprete, así que puedo hacer la compra, decidir el menú, probar los platos… De todas formas, nos vamos adaptando. Ahora mismo, por ejemplo, los cuatro cocineros, que saben cocinar todos los platos, pueden gestionar el local por sí solos.

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Háblanos de los chefs. ¿Quiénes son?

Hala es nuestra jefa de cocina, procedente de Siria. Antes de llegar a España estudiaba Bellas Artes, pero una vez aquí abrió un restaurante con su familia, por lo que tiene mucha experiencia entre fogones. También contamos con Ahmed, que ya había trabajado de cocinera en Sudán, pero que con 19 años tuvo que marcharse tras tener problemas con la policía de su país por cuestiones de género.

Además están Dani, de Venezuela, que hizo las prácticas con nosotros y ahora está contratado como chef, y Souhaib, de Marruecos, que llegó a España como menor no acompañado (MENA) y está con nosotros de prácticas mientras cursa una formación de cocinero en la ONG CESAL.

Los fundadores venís del mundo asociativo, pero Refusion Delivery es una empresa. ¿Por qué?

Quisimos formar una sociedad laboral limitada porque, aunque los cinco socios somos voluntarios y seguimos manteniendo nuestros trabajos, los chefs sí están contratados. Pedimos un crédito para poner el proyecto en marcha que estamos pagando con nuestros ahorros, ya que el voluntariado es muy bonito, pero poco eficaz a la hora de crear un proyecto que sea rentable con el que ayudar. Lo que ganemos nos gustaría invertirlo en otro local y ayudar a que más refugiados puedan ganarse la vida por sí mismos.

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¿Cuáles fueron los primeros pasos para poner en pie la iniciativa?

Tuvimos la suerte de que empezamos cuando Manuela Carmena era alcaldesa de Madrid y había puesto en marcha la Oficina de Economía Social. Ellos nos informaron, nos dieron contactos, nos apoyaron para saber donde pedir créditos y nos acompañaron en el proceso de creación de la empresa.

No teníamos nada que ver ni con el sector de la gastronomía ni con el de la administración (por ejemplo, al principio nos lanzamos a comprar material de cocina que no ha servido para nada), así que esa ayuda nos vino muy bien. Por otro lado, también aprendimos mucho del proyecto MARES, en Villaverde, donde nos enseñaron a ponerle un marco a nuestra historia.

¿Cómo os está afectando la crisis sanitaria ocasionada por el coronavirus?

Poco antes del confinamiento habíamos empezado a cubrir gastos gracias a la gente que venía al restaurante, a eventos que hacíamos con entidades amigas, como Acnur, la Cruz Roja y otras de corte social, y a la comida a domicilio, que es nuestro pilar principal, pero la pandemia lo ha vuelto todo más complicado ya que ahora no hay reuniones. Tener el local lleno ya no es posible. También intentamos pedir una licencia para abrir una terraza, pero nos la denegaron. El Ayuntamiento pide muchas gestiones complicadas y a nosotros no nos alcanza el presupuesto para pagar a una gestoría para que se ocupe. Así que por ahora estamos abiertos solo a media jornada y los chefs tienen un ERTE parcial.

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¿Habéis pensado soluciones a largo plazo?

Estamos viendo posibilidades, aunque en ningún caso queremos cerrar el restaurante al público, aunque sea poca la gente que entre. Estamos enfocándonos aún más en la venta a domicilio, que realizamos en un radio delimitado y en colaboración con dos empresas de envío, la cooperativa La Pájara y Stuart.

Pero donde más nos estamos centrando es en la venta dentro del barrio, ya que nos hemos dado cuenta de que aquí tenemos clientes fieles, algo con lo que no contábamos. Me ha hecho mucha ilusión que tras el primer confinamiento los vecinos volvieran y pidieran comida para llevar. Esto nos lleva a pensar que tenemos que hacer una inversión en medios y en publicidad, para que se nos vea más.

¿Estáis satisfechos con el proyecto?

Lo más valioso es comprobar que los trabajadores han logrado estabilidad, han mejorado su autoestima y que están a gusto con lo que hacen. Incluso durante el primer confinamiento, en el que el restaurante estaba cerrado, no tuvieron que preocuparse de buscar otro trabajo, pues estaban cubiertos por un ERTE parcial. Solo por evitarles toda esa incertidumbre e inseguridad que han pasado otras personas durante la pandemia, ya nos compensa haberlo puesto en marcha.

Fotos de WTTJ

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Ana Valiente

    Periodista freelance

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