"Temo quedarme atrás cuando acabe el confinamiento", testimonio

Estar desempleado cuando acabe el confinamiento, testimonio

La crisis provocada por la emergencia sanitaria de la Covid-19 tiene ya (y va a seguir teniendo) un impacto muy negativo en la economía española. De hecho, el pasado mes de abril ha sido el peor abril de la historia por lo que respecta a las cifras del paro. La destrucción de empleo afecta con más incidencia a sectores fluctuantes como el del turismo o la hostelería, pero también golpea especialmente a las y los trabajadores que ya se encontraban en una situación precaria. María es periodista y, después de dos años trabajando en Barcelona con un contrato laboral en prácticas, ha perdido su empleo durante el estado de alarma. Ahora se enfrenta a la incertidumbre de un desconfinamiento en el paro y con unas perspectivas laborales inciertas.

Desde que se inició la anterior crisis económica en 2008, una gran parte de los trabajadores nos hemos visto obligados a trabajar en condiciones precarias, con poca o ninguna capacidad de previsión sobre nuestro futuro. Entre este “precariado”, un grupo muy relevante lo conformamos los menores de 35 años con contratos temporales. En mi caso, antes de este gran parón, trabajaba como técnica de contenidos con un contrato laboral en prácticas. Para quienes no conozcan este tipo de contrato, se trata de una modalidad de contratación que pretende promover la inserción de las recién tituladas en el mundo profesional. Tienen una duración de entre 6 meses y 2 años, durante los cuales el o la trabajadora recibe, como mínimo, entre un 65% y un 75% del sueldo estipulado según convenio. Además, la empresa obtiene bonificaciones en las cuotas a la Seguridad Social.

Mi contrato terminaba en abril, pero ya me empezó a preocupar mi situación en febrero, tras la cancelación del Mobile World Congress en Barcelona, pues la empresa para la que yo trabajaba se dedica a la organización de eventos internacionales. Este sector le vio las orejas al lobo incluso antes de que la OMS declarase la emergencia sanitaria a finales del mes de enero.

El 9 de abril, en pleno estado de alarma y tras dos renovaciones previas, mi contrato alcanzó el máximo legal de dos años y llegaba a su fin. Ahí la empresa tenía dos opciones: incorporarme en plantilla con una contrato indefinido o terminar la relación laboral conmigo. En esas circunstancias, y teniendo la información que ya teníamos sobre el impacto de la Covid-19, no es difícil imaginar que la esperada renovación no llegó.

“La empresa tenía dos opciones: incorporarme en plantilla con una contrato indefinido o terminar la relación laboral conmigo. No es difícil imaginar que la esperada renovación no llegó”

Aunque si tengo que ser sincera, no me sorprendió que no me renovaran. Si bien mis jefes me habían felicitado en muchas ocasiones por mi trabajo y mi evolución dentro de la empresa, ya tenía conocidos que, con la misma modalidad de contrato, se habían quedado sin trabajo justo cuando les iban a hacer fijos. Adiós a la idea de “inserción”. Y si a estos antecedentes le sumábamos el hecho de estar entrando en una de las mayores crisis económicas de la historia, la ecuación se resolvía sola.
Al convertirme en trabajadora indefinida, la empresa tendría que empezar a pagarme el 100% del sueldo que me corresponde según mi convenio. Este sueldo me habría permitido empezar a ahorrar, quizás empezar a soñar con vivir sola en algún momento, haber pensado incluso en comprar un coche, pagar cuotas… Ese tipo de cosas que siempre concebí como la “vida adulta”. Pero, como digo, tenía la sensación que ya me sabía el final de la película. En este caso, el cartel de “FIN” era sinónimo de paro, un paro que llega además en un momento especialmente complicado.

La ansiada vuelta a la normalidad, o no

A partir de ese momento pasé a estar desempleada y, para mi sorpresa, creo que el hecho de que la mayoría de personas estuviésemos recluidas en nuestras casas lo ha hecho más llevadero. Durante las primeras semanas no sentí que mi situación fuese muy diferente o sustancialmente peor. Me he sentido una más. Porque, aunque algunas personas de mi entorno estuviesen trabajando o teletrabajando y yo no, al final del día todos nos encontrábamos más o menos en una situación similar: en casa, intentando no angustiarnos demasiado, y esperando a que todo pasase.

“Aunque algunas personas de mi entorno estuviesen trabajando y yo no, al final del día todos nos encontrábamos más o menos en una situación similar”

Todas estamos en casa haciendo morning yoga y banana bread; dibujando o bailando; cumpliendo con el challenge semanal de Instagram o Tik Tok, etc. Es más, diría que lo único que sí he llevado muy mal ha sido no poder salir a correr y pasear. Así que, cuando el Gobierno empezó a tantear la posibilidad de que pudiésemos salir a hacer deporte una hora al día, lo recibí con un montón de alegría. Menudo subidón. Me pasé la tarde bailando música de Chayanne.
Sin embargo, en estos días que ya hemos podido disfrutar de estos primeros paseos y que ya conocemos las fases de “desconfinamiento” y cómo será la vuelta a la “nueva normalidad”, ahora que empieza a parecer más real, tengo que admitir que no me motiva lo más mínimo.
De esto me di cuenta hablando con una amiga, animadora en stop motion que, tras un par de meses sin trabajar, teme que la situación en el futuro cercano pueda ser aún más complicada. La conversación fue algo como:

  • ¡Que el sábado ya podremos salir a correr!
  • Ya, qué ganas tenía.
  • ¿Sí? ¿Estás contenta?
  • No, en realidad no.
  • Ya, yo tampoco. Me da miedo quedarme atrás.

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Miedo a quedarse atrás

A ninguna de las dos nos hace ilusión la vuelta a la normalidad, porque nos hemos dado cuenta de que estas semanas nos hemos sentido acompañadas. Quizás suene como algo reprobable, pero lo cierto es que en estas semanas me ha representado bastante el refrán “mal de muchos, consuelo de tontos” (refiriéndome a esta situación de anormalidad cotidiana, claro está).

Ahora, en cambio, conforme las fases se vayan sucediendo, muchos de los que han compartido con nosotras sus penas y alegrías del confinamiento volverán a las oficinas y a sus puestos de trabajo. Quizás todos los días, quizás solo dos, quizás entren de tres en tres, puede que a la pata coja, quizás se instaure por fin el teletrabajo. No lo sé, pueden producirse muchos cambios, aunque espero que la incertidumbre que ahora nos afecta a todos poco a poco se vaya disipando. Y al mismo tiempo, quienes no tenemos esa opción tendremos que volver a estudiar, reinventarnos, emprender o iniciar de nuevo la búsqueda de empleo en un momento en el que no parece que vayan a ser muchas las empresas se vayan a volver locas ampliando plantillas o invirtiendo en nuevos proyectos.

Por mi parte, intentaré centrarme en las cosas que me gustan. Trataré de dedicarle tiempo a aquello que antes no podía hacer, como escribir reflexiones personales, leer mucho y ver documentales o películas. Pero también voy a prepararme para una prueba de inglés académico, intentaré sacarme por fin el C2 de catalán, haré cursos de marketing online y de periodismo social. Y preparar a conciencia mis próximas candidaturas, porque no quiero dejar de buscar.

Creo que es un momento para que apliquemos la compasión con nosotros mismos y que nos dediquemos tiempo. Pero también soy de las que cree que es muy importante que no perdamos el foco ni las ganas: los que podemos, sigamos trabajando nuestras competencias y aprovechemos el bache para mejorar nuestro perfil. Soy muy consciente de que el viento nos viene en contra, pero no nos queda otra que remar fuerte.

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