Qué echarás de menos (y qué no) de la Navidad en el trabajo

Qué echarás de menos (y qué no) de la Navidad en el trabajo

Estas Navidades también serán atípicas en nuestro trabajo. Nos acercamos a una época del año que siempre ha tenido varias tradiciones, algunas formales, como la cena de Navidad, y otras informales, como la proliferación de escarceos sentimentales interdepartamentales. Con el teletrabajo y los turnos para acudir a nuestros puestos vamos a perder muchas de esas costumbres que, para bien o para mal, daban color a nuestras jornadas laborales en diciembre. Algunas las echaremos de menos. Otras, no tanto.

Lo que sí echaremos de menos

1. La cena de Navidad con los compañeros

La cena de Navidad de la empresa solía ser un momento de hermandad único en el año, el rato en el que olvidábamos rencillas, celos salariales y la sensación de que los del departamento de Estrategia tienen jornadas efectivas de trabajo de dos horas diarias. La fraternidad iba in crescendo a medida que avanzaba la noche y servía tanto para hacer buenas migas con aquellos con quienes solemos tener menos relación, como para exaltar aún más la amistad (casi siempre en torno a las tres de la madrugada) con nuestros compañeros preferidos. Ver a los jefes achispados suele ser también de lo mejor de la noche.

Esta velada que unía a compañeros como ninguna otra será este año, irremediablemente, poco más que un feliz recuerdo de cuando podíamos pegarnos unos a otros para brindar sin que eso fuese una amenaza para la salud pública. Y si a los de Recursos Humanos les ha dado por intentar organizar un encuentro a través de Zoom y ya estás sufriendo pensando en las 50 caras levantando la copa a través de la pantalla, aguanta: las cenas de Navidad volverán.

2. El buen rollo prevacacional

Sin duda, esta otra de las tradiciones no escritas de la Navidad en la oficina y que vamos a extrañar tanto como el Almax tras la cena del último jueves antes de Nochebuena. Porque aunque las Navidades no siempre son como las habíamos planeado (en general, las cosas empiezan a torcerse cuando no consigues desenredar las luces del árbol), hay algo que nunca falla: el ambiente prenavideño. Y es que cada año el mes de diciembre traía una complicidad y unos ánimos relajados y amistosos como ningún otro mes.

En un año tan duro y con tanta incertidumbre, esas semanas previas a la Navidad en las que todos tus compañeros (jefes incluídos) estaban de buen humor gracias a las inminentes vacaciones eran quizás más necesarias que nunca. En el mejor de los casos, habrás podido compartir el buen rollo con tus compañeros, mascarilla mediante, aunque seáis de los que han tenido que turnarse para acudir a vuestro puesto. En el peor, podremos hacer poco más que ponernos un gorro de Papá Noel durante las reuniones, aunque desde nuestra casa. Equipo, os echo de menos.

3. El desayuno del departamento y/o el cuenco de los polvorones

En un plano inferior al de la cena de Navidad, suele ser habitual hacer un desayuno informal entre los compañeros más cercanos en los días previos a esa cena, donde cada uno lleva algo, maldecimos al que solo ha traído una bolsa de magdalenas del súper, nos comemos más medianoches de las que querríamos confesar y se va generando ese acercamiento tan sano y positivo con nuestros colegas más próximos. Ahora, ante la falta de encuentros físicos, siempre nos quedará el networking online, aunque sea sin bizcocho ni chocolate.

Y también en la categoría de “cualquier excusa es buena para seguir comiendo”, los más afortunados contábamos en estas fechas con un espacio reservado para los polvorones y mazapanes con las que la empresa tenía a bien obsequiarnos para ensancharnos el alma y las cartucheras. El paseo hasta la cafetera a media mañana, cuando la cabeza hierve y el estómago aúlla, tenía premio en las semanas prenavideñas. Una tableta de chocolate en la nevera por si entraba un antojo nos cubría el el ansia de azúcar, pero nunca fue lo mismo.

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Lo que no echaremos de menos (bueno, quizás un poco)

1. El amigo invisible

Está bien confraternizar y establecer lazos con el resto de la empresa, pero una cosa es darnos unas palmadas en la espalda y comentar grupos de música en común, y otra es vernos forzados a regalar algo de entre 15 y 20 euros a Agustín, el de Contabilidad. ¿Qué le gusta a ese hombre? ¿Qué tenemos en común?

La iniciativa, acompañada de un “que mola un montón”, suele venir del típico compañero entusiasta, alguien que debe disfrutar las compras en plena euforia navideña y asume que el resto apoyaremos la idea de comprar otro regalo más con la misma satisfacción. Y aunque la verdad es que cada año nos acabamos echando unas risas, tampoco hemos conseguido librarnos nunca del momento incómodo en el que alguien se ha pasado de gracioso…

2. El discurso de fin de año del jefe

Todos tenemos en mente a ese jefe en quien pareció inspirarse Ricky Gervais para crear la icónica serie The Office. Es ese que realmente cree que todos necesitamos un discurso inspirador que, siendo amables, podríamos catalogar de low cost, en que se subrayan machaconamente los valores de la empresa y cuyo aporte real es más bien cero.

En otra variante, el jefe se viene arriba con el lenguaje (excesivamente) formal y por un momento parece una mezcla entre Felipe VI en Nochebuena y Juan Cuesta en una junta de vecinos. Este año nos libraremos de ello, al menos presencialmente. ¿Quién les dice a los de Recursos Humanos que lo de la cena por Zoom no es buena idea?

3. Los villancicos como hilo musical

Nadie discute que Raphael tiene un carisma arrollador y una energía impropia de alguien que se acerca a los ochenta, pero quizás ‘El Tamborilero’ no es lo más inspirador para una jornada de trabajo. Si la cosa va enturbiándose y pasando por ‘Esta noche es Nochebuena’ o ‘Los peces en el río’, el resultado puede acabar tirando hacia lo grotesco. ¿Quién le dejó a Paco, que asegura que fue DJ en su juventud, el control de la lista de reproducción?

4. La mañana de trabajo con resaca tras la cena de Navidad

La tradición de las ocho y media de la mañana de ese viernes matador dictaba litro y medio de agua, aspirina, croissant y a la oficina como un campeón a intentar sacar provecho a la jornada.

Puede hacernos sentir incluso cierta nostalgia, pero aquel dolor de cabeza durante una larga jornada laboral no era divertido. Quedémonos con que, ya que no podremos disfrutar de las bondades que tenía la Navidad y las semanas previas en el trabajo, al menos tampoco tendremos que pasar por esta penitencia.

5. El intercambio masivo de lotería

El de la envidia preventiva (“como le toque a todos y a mí no por no comprar, salto por la ventana”) es un fenómeno que los antropólogos ya estudiarán a su debido tiempo, pero que de momento es capaz de mover una buena parte del sector de los juegos de azar en España. Concretamente, el de Loterías y Apuestas del Estado para cada 22 de diciembre, que a pesar de decepcionarnos año tras año, sigue provocando que nos veamos en la obligación de comprar como quien compra un seguro, para evitar la cara de pardillo si suena la flauta.

Pero peor aún es entrar en el juego del asociacionismo y sus participaciones para ‘El Gordo’: una espiral de boletos a tres euros donde unos se van intercambiando por otros, hasta que acabábamos palmando tres cifras al año, pensando que mejor eso que el berrinche de ser el único de la oficina a quien no le ha tocado nada por roñoso. Este año, neutralizada buena parte de esta microindustria, sí nos tocará algo seguro: la paz de habernos librado de las papeletas y un ahorro equivalente a una mariscada. Menos décimos y más carabineros.

Más allá de la broma, seguro que echamos de menos más cosas de la oficina, antes y después de la Navidad, de los que creemos. Hasta el amigo invisible tiene su aquél y lo recordamos con más cariño cuando ya no lo podemos hacer. Ojalá que el 2021 nos devuelva la normalidad.

Foto de WTTJ

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