Ley de la trivialidad: ¿por qué nos cuesta tanto tomar decisiones simples?

Ley de la trivialidad: un freno para la productividad

La crisis sanitaria ha alterado completamente nuestro sentido de las prioridades. Tanto si afrontas un pico de actividad debido a las circunstancias actuales, como si tu empresa aplica un ERTE, seguramente has notado que antes de que todo esto ocurriera, pasabas horas cavilando (a menudo en reuniones) sobre decisiones poco importantes o hasta triviales: ¿qué color de fondo para esta diapositiva? ¿Uso una camisa azul o blanca para la presentación con el cliente? ¿Me despido con “cordialmente” o con “saludos cordiales”? Si este es tu caso, significa que has experimentado en carne propia los efectos de la Ley de la trivialidad.

Esta ley, planteada por el escritor británico Cyril N. Parkinson, es muy simple y establece que dedicamos más tiempo a problemas insignificantes que a aquellos que más importan. Te contamos por qué y cómo puedes evitar perder horas discutiendo sobre temas triviales.

La Ley de Parkinson

En 1955, el escritor Cyril N. Parkinson desarrolló una teoría llamada Ley de Parkinson, según la cual “el trabajo se prolonga hasta ocupar todo el tiempo del que se dispone para realizarlo”. Esta teoría se deriva de sus observaciones sobre el funcionamiento del sector público británico y significa, en pocas palabras, que si alguien tiene un plazo de una semana para realizar una tarea, le llevará una semana ejecutarla, pero si se le dan dos semanas, le llevará las dos semanas.

Esta ley, publicada por primera vez en la revista The Economist, ha sido ampliamente estudiada, sobre todo en el ámbito de la gestión, y ha llevado a la conclusión de que es indispensable fijar un plazo y hacer una planificación inversa para cumplir con una tarea. Así pues, es más fácil realizar tareas tediosas si tenemos un límite de tiempo para ejecutarlas. Por otra parte, es recomendable reservar las tareas más importantes para la primera parte del día, así como fragmentarlas en varias etapas si son demasiado largas. Esta ley también llevó a Cyril N. Parkinson a sacar otras conclusiones, entre ellas la Ley de la trivialidad, conocida en inglés como la Law of Triviality.

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Su hermana pequeña, la Ley de la trivialidad

La Ley de la trivialidad se deduce de la Ley de Parkinson. Debido a que dedicamos más tiempo a las cuestiones insignificantes, estas terminan ocupándonos mucho más que los asuntos importantes. Para dar un ejemplo, el escritor imaginó un comité ficticio que debía tomar dos decisiones: aprobar (o no) la construcción de un reactor nuclear y un estacionamiento de bicicletas para el personal de la central. La decisión sobre el reactor nuclear se alcanzó en tan solo unos minutos, mientras que el estacionamiento dio pie a una discusión de más de una hora y cuarto. Entonces, ¿por qué dedicamos tanto tiempo a asuntos que deberíamos poder resolver con facilidad?

Simplemente, porque es más fácil hacerse notar al abordar temas triviales que complejos. A la hora de tomar una decisión en equipo, cada persona desea mostrar su valor añadido, y cuanto más accesible sea la cuestión, más interlocutores podrán expresar su punto de vista. En el ejemplo de Parkinson, todos desean opinar sobre la construcción del estacionamiento de bicicletas porque las preguntas que pueden surgir son relativamente simples, mientras que en el caso del reactor nuclear se requiere un especialista y nadie se atreve a dar su opinión por miedo a no tener los conocimientos necesarios. Aunque parezca sorprendente, los temas más triviales tienden a provocar reacciones más apasionadas, mientras que los temas importantes, que a menudo requieren amplios conocimientos, son ignorados.

Una mala distribución del tiempo, sobre todo en las reuniones

En las empresas, la “reunionitis aguda” se ha convertido en una verdadera epidemia. Según un estudio realizado en 2018 a 3.000 empleados y en ocho países diferentes por las compañías Barco, especializada en soluciones tecnológicas de visualización para las empresas, y Circle Research, empresa de investigación de mercado, los participantes consideran que tan solo un 44% del tiempo que pasan reunidos es fructífero. Asimismo, y es aquí donde interviene la Ley de la trivialidad, un 26% del tiempo de las reuniones se utiliza para hablar de temas que no forman parte de los objetivos de la reunión o charlar con los compañeros. Así pues, el estudio concluye que la cantidad de tiempo ideal para que una reunión sea eficaz es de 21 minutos, aunque en promedio suelen ser de 48 minutos.

El miedo a tomar una mala decisión

Sin embargo, no son solo las empresas las que dedican más tiempo a discutir sobre temas triviales: este proceso también existe a escala individual. Cuando debemos tomar una decisión que parece banal, nos basamos en nuestro propio juicio, el cual es subjetivo. Por ejemplo, si debes organizar una reunión de equipo por primera vez y te preguntas cuál sería el momento más indicado para tenerla, te vas a guiar por el mejor momento para ti, cuando en realidad, no existe un mejor o peor momento si lo ves de manera objetiva. Con la excepción de hacer la reunión el viernes a las siete de la tarde, si la has preparado con atención y cuidado, debería salir bien tanto si es el lunes a las once del mediodía como si es el martes a las cuatro de la tarde. A pesar de ello, probablemente pases horas torturándote con esta pregunta. Debido a que no existe objetivamente un “mejor momento”, solo puedes confiar en ti mismo, a pesar de que te aceche el miedo a tomar una mala decisión.

Según la psicóloga canadiense Isabelle Falardeau, autora del libro Sortir de l’indécision (“Salir de la indecisión”, en español), esta incapacidad para decidir algo puede deberse al miedo a disgustar a los demás o fracasar, que se asocia con la falta de confianza en ti mismo y, en consecuencia, provoca casi una fobia de equivocarse, incluso en los casos en los que no existe una respuesta correcta o incorrecta. También puede deberse al exceso de opciones existentes en la sociedad actual, el cual puede paralizarnos ante la menor decisión, por muy insignificante que sea.

Una reacción típica para remediar este problema y sentirnos más seguros respecto a nuestra decisión es pedir opinión a las personas a nuestro alrededor. Al hacer esto, entramos una vez más en el círculo vicioso de la Ley de la trivialidad: como se trata de una cuestión simple, existen muchas opiniones, a veces contradictorias, que terminan ocupando una parte considerable de nuestro tiempo y dejándonos a menudo mucho más confundidos que al principio.

Aprende a no dejarte llevar por la trivialidad

Aquí algunas claves para que las cosas más sencillas no parezcan un mundo:

Organízate

Para no perder mucho tiempo en cuestiones insignificantes, la mejor rutina es planificar el día identificando las tareas más importantes que desees completar y asignándote un plazo máximo para ejecutarlas. De este modo, las cuestiones más triviales serán relegadas al tiempo restante. En una reunión, puedes aplicar esta técnica elaborando una hoja de ruta y siguiéndola al pie de la letra, abordando los temas más importantes en primer lugar y evitando los demás. Después de todo, la mejor forma de ahorrarte mil opiniones diferentes sobre un tema de poca importancia es no darlo a conocer a los demás.

Piensa que tu decisión, sea cual sea, puede ser la correcta

En caso de que sea indispensable decidir, debes recordar que no existe una decisión correcta o incorrecta. Así lo explica Ed Batista, coach ejecutivo y profesor de la Escuela de Negocios de la Universidad de Stanford, en un artículo para la revista Harvard Business Review. Batista explica que “elegir la ‘mejor’ opción no garantiza que todo saldrá bien a largo plazo, al igual que optar por una opción menos adecuada no te condena al fracaso o a la derrota. Lo que ocurre más tarde (días, meses o años después) es lo que determina, a fin de cuentas, si una decisión era la ‘correcta’”.

Así pues, cuando te sientas indeciso respecto a un asunto que no requiere que le dediques tanto tiempo, una buena opción sería preguntarte si el resultado es realmente importante. ¿La decisión que tomes hoy tendrá repercusión dentro de unos años? ¿Conlleva un cambio irreversible? ¿Implica grandes desafíos? Si la respuesta es “no”, entonces no es necesario que le dediques mucho tiempo. Según Ed Batista, es mejor concentrarte en el esfuerzo que deberás realizar después de decidir para demostrar que tomaste la decisión correcta, en lugar de en la decisión como tal. Siguiendo con el ejemplo de la reunión, en vez de pasar horas pensando en el momento más indicado, es mejor que elijas un horario de una vez por todas y después te dediques a prepararla para que se desarrolle de la mejor forma posible, sea a la hora que sea.

La única razón por la que las cuestiones triviales toman mucho tiempo es porque les otorgamos demasiada importancia. Relativizar, establecer plazos y confiar en ti mismo son las mejores formas de no perder demasiado tiempo pensando en asuntos que no valen la pena. Como el color de chaqueta que vas a usar en la presentación, por ejemplo.

Traducido por Andreína Gil

Foto de WTTJ

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