El lado oscuro del "volunturismo"

El lado oscuro del "volunturismo"

Después de un año y medio de pandemia, muchas personas ansiaban volver a viajar este verano. Este era el caso de Johan, un joven desarrollador web que quería aprovechar sus vacaciones para vivir una experiencia profesional exótica y a la vez solidaria. Decidido a dedicarse a una buena causa, Johan deseaba hacer un voluntariado para ayudar a los más necesitados y, de este modo, hacer un viaje fuera de lo común. En su búsqueda, encontró enseguida proyectos que parecían sumamente interesantes: “Únete a nuestro proyecto para proteger a los elefantes y las tortugas en Sri Lanka”, “participa en la construcción de aulas para los niños de una comunidad masai en Tanzania”. Después de pensarlo detenidamente, tomó la decisión de partir a Belice para un voluntariado de tres semanas en un centro de acogida de niños desfavorecidos. Johan “siempre había soñado con conocer ese país”, así que, ¿por qué no “conciliar la solidaridad con el placer”?

A primera vista, este objetivo es sin duda muy loable pero hay otra realidad que se esconde detrás de estas misiones tan gratificantes a nivel personal y estos destinos de ensueño. Denunciado por numerosas ONG, el “volunturismo” (unión de las palabras “voluntariado” y “turismo”) suele ser propuesto por empresas con fines exclusivamente comerciales, a menudo en detrimento de las poblaciones a las que dicen apoyar.

Una idea muy atractiva para los jóvenes occidentales

Según France Volontaires, una plataforma pública francesa que pertenece al Ministerio de Europa y de Asuntos Exteriores de Francia y que se encarga de desarrollar y promover las misiones de voluntariado y solidaridad a nivel internacional, el “volunturismo” es una “forma de turismo humanitario que permite a las personas de espíritu solidario contribuir a una causa, descubrir culturas nuevas e integrarse en comunidades locales para colaborar con su desarrollo”. Las personas que desean probar el “volunturismo” pueden elegir el destino, el tipo de proyecto y la duración de la misión, aunque estas suelen ser cortas (de una semana a un mes).

Esta tendencia surgió en los años 90 y se desarrolló en la década del 2000, sobre todo entre los jóvenes europeos y estadounidenses. Según Clarisse Bourjon, responsable de promoción de France Volontaires, este éxito se debe a varias razones: “Esta tendencia está estrechamente correlacionada con el deseo creciente de los jóvenes de partir al extranjero. Ya sea para tener un año sabático, hacer unas prácticas o simplemente irse de vacaciones, muchos jóvenes llevan a cabo este tipo de misión con el deseo de prestar un servicio y adquirir una experiencia significativa para su futuro profesional”. Se trata de una estancia fuera de lo común, una forma diferente de viajar en la que las personas se comprometen con una causa y adquieren habilidades que podrán añadir a su currículum. Esta es la propuesta que ha conquistado a numerosos jóvenes occidentales, una idea aparentemente muy atractiva, pero que esconde un lado oscuro. “Las organizaciones que ofrecen este tipo de experiencias se basan en un modelo económico que depende de las ganancias derivadas de este compromiso voluntario”, alerta France Volontaires en su sitio web. “Esta ‘mercantilización’ del sector del voluntariado tiene consecuencias más o menos graves tanto para las comunidades de acogida como para las personas que participan en las misiones”. Una vez sobre el terreno, muchos voluntarios se desilusionan rápidamente.

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“Me di cuenta de que estábamos allí solo para hacernos fotos con los niños”

Este fue el caso de Karim, un funcionario en la treintena que, cuando era estudiante, hizo un voluntariado de dos semanas en un centro de acogida para niños con discapacidad en Bolivia. “Después de algunos días, me sentí fuera de lugar. Al igual que la mayoría de los voluntarios, nunca había trabajado con personas con discapacidad y me di cuenta de que no tenía nada que aportar. Me di cuenta de que estábamos allí solo para hacernos fotos y selfies con los niños”.

Aunque Karim considera que “no hay nada que valga la pena de esta experiencia”, muchas personas prefieren recordar lo positivo, a pesar de ser conscientes de los límites de sus acciones. Por ejemplo, Geraldine (nombre modificado), una enfermera puericultora de 27 años, realizó un voluntariado de un mes en India en una asociación que lucha contra la pobreza infantil. Ella guarda un “recuerdo inolvidable de esta experiencia”, aunque admite que tiene algunas dudas respecto a la duración del impacto de su misión. “Me pregunto qué aporté en realidad. No creo que nuestras acciones hayan tenido un efecto positivo a largo plazo”. Chloé Sanguinetti, directora del documental The Volontourist, tuvo las mismas dudas cuando hizo un voluntariado en Vietnam a los 18 años. “Una vez allí, me di cuenta rápidamente de que no me necesitaban. Pero fue más tarde, después de mis estudios en el sector humanitario, que entendí que este tipo de voluntariado puede ser realmente nocivo para las poblaciones locales”.

Un buen ejemplo: el negocio de los orfanatos en Camboya

“El ejemplo de Camboya muestra los daños que causan ciertos tipos de voluntariado en las comunidades autóctonas”, indica Chloé Sanguinetti, que trabaja actualmente con varias ONG en Camboya. En la década del 2000, al mismo tiempo que surgía el “volunturismo”, ese país abrió las puertas al turismo, por lo que numerosos jóvenes occidentales fueron allí para llevar a cabo misiones cortas de voluntariado. “La mayoría de estos jóvenes, sin contar con habilidades específicas, se dirigieron a los orfanatos. La gente cree que basta con estar motivado y ser sonriente para ayudar a los niños”, explica Chloé. Muchos voluntarios tienen la ilusión de actuar como un white savior (“salvador blanco”), cuando en realidad, estos viajes responden a su propia necesidad de enriquecimiento personal. “Son misiones muy gratificantes a nivel personal y las personas obtienen fotos increíbles para sus redes sociales”, añade Chloé. Pero ahí es donde radica el problema: ante la popularidad creciente de este tipo de voluntariado, ciertas organizaciones poco escrupulosas han aprovechado la oportunidad para convertirlo en un verdadero negocio. Se trata de una ecuación muy simple: cuantos más orfanatos haya, más jóvenes occidentales pagarán sumas astronómicas para ir a ayudar a los niños desfavorecidos.

En consecuencia, ciertas organizaciones no han dudado en incorporar a los orfanatos a niños de familias pobres prometiéndoles una educación y una vida mejor. Otros incluso han sido arrancados de sus familias para llenar estos “falsos orfanatos”. Un informe de UNICEF publicado en 2016 indica que, entre 2005 y 2010, hubo un aumento del 75% en el número de orfanatos, a pesar de que numerosos estudios demuestran una reducción significativa del número de huérfanos reales en el país. Dicho informe confirma esta aberración: “el 79% de los niños de 13 a 17 años que viven en orfanatos en Camboya tienen al menos a su padre o madre con vida”. Estas estadísticas son muy reveladoras y parecen confirmar el horror de la situación: la creación de estos orfanatos artificiales responde más a la demanda creciente de los voluntarios, deseosos de tener una experiencia humanitaria en el extranjero, que a la necesidad de solucionar una situación urgente.

El “volunturismo”: ¿una acción contraproducente?

En el caso de los proyectos de “volunturismo” en escuelas, orfanatos o centros para niños, “las consecuencias para el desarrollo personal de los niños son terribles, porque se encariñan con los voluntarios, que rara vez se quedan más de unos días”, denuncia Chloé Sanguinetti. Estos problemas emocionales no favorecen el aprendizaje de los niños, sobre todo porque los “volunturistas” actúan como profesores improvisados. “La mayor parte del tiempo, no hay ningún seguimiento pedagógico de estos programas, por lo que es muy probable que los voluntarios enseñen lo mismo que sus predecesores”, afirma Chloé, indignada. Así pues, esta mano de obra extranjera, gratis y no cualificada, no solo puede ser muy ineficaz sino hasta contraproducente, pues oculta la falta de profesores en numerosas zonas rurales del país y, en algunos casos, constituye un freno para la formación de nuevos profesores camboyanos.

Corentin Folhen, fotoperiodista francés, fue testigo de estas consecuencias graves para el desarrollo local cuando cubrió la situación humanitaria en Haití después del terremoto de 2010. “Seguí a grupos de estadounidenses que iban a las escuelas, donde interrumpían las clases para repartir caramelos, bolígrafos, dar abrazos a los niños y hacerse fotos con ellos. Además, la mayor parte del tiempo repartían productos estadounidenses, perjudicando la economía y el mercado locales”. Esta actitud acabó “deteriorando las relaciones entre los haitianos y los extranjeros”, comenta Corentin. A diferencia del voluntariado humanitario organizado por verdaderas ONG, las organizaciones de “volunturismo” tienen un efecto negativo sobre las poblaciones a las que dicen apoyar, lo que a su vez desacredita todo el conjunto de acciones humanitarias.

Cómo distinguir los verdaderos voluntariados de las ofertas turísticas disfrazadas

Todos estos testimonios llevan a la siguiente pregunta: ¿se debería prohibir todo tipo de voluntariado de corta duración? Aunque es difícil responder a esta pregunta sin analizar varios factores adicionales, la red interinstitucional Better Care Network (BCN), junto a otras ONG, recomienda eliminar ciertos tipos de voluntariado, como los que se realizan en orfanatos, sobre todo en Camboya. Para Clarisse Bourjon, responsable de promoción en France Volontaires, “es importante seguir promoviendo el voluntariado”, pues está “convencida de que estos intercambios culturales permiten una mejor comprensión entre los pueblos”. Sin embargo, precisa que “es imprescindible que los voluntarios sepan identificar las organizaciones legítimas”. Para ello, pueden consultar, por ejemplo, la página de Servicio Civil Internacional Madrid, la lista de ONGD socias de la Coordinadora de ONGD de Navarra o concertar una cita con el servicio de Asesoramiento de Movilidad internacional del Ayuntamiento de Barcelona.

El precio de la misión es otro indicio que permite distinguir las organizaciones legítimas de aquellas que promueven el “volunturismo”. Por ejemplo, pagar 2.300 euros (sin contar el billete de avión) para construir aulas en Tanzania durante dos semanas no solo es una suma exorbitante, sino que es difícil determinar qué porcentaje está realmente destinado a las poblaciones locales. Mehdi y su novia fueron testigos de este tipo de abuso cuando llegaron a Togo para hacer un voluntariado como parte de sus prácticas para su primer año de máster en Psicología Clínica. “Tuvimos una entrevista con una asociación que nos proponía hacer unas prácticas en un orfanato. Pero lo que nos sorprendió fue que, a cambio, no solo debíamos pagar por ello, sino también hacer excursiones turísticas a un precio extremadamente alto durante los fines de semana”.

Otra señal que revela la incoherencia de algunas misiones es que no suelen exigir ninguna habilidad. De este modo, una buena suma de dinero basta para que cualquier persona se convierta en profesor de inglés o en ingeniero especializado en la construcción de jardines de infancia durante una semana.

Hazte las preguntas indicadas

Aunque una parte de la solución se encuentra en la regulación y la lucha contra estas organizaciones deshonestas, la otra radica en que los jóvenes occidentales se tomen el tiempo de reflexionar sobre su compromiso. “Si queremos hacer un voluntariado, es necesario que nos hagamos las preguntas indicadas. ¿Durante cuánto tiempo? ¿Qué habilidades puedo ofrecer? Es extremadamente arrogante, incluso neocolonialista, pensar que eres más capaz de construir un pozo que los habitantes de una aldea cuando en tu día a día trabajas como dentista”, afirma con ironía Chloé Sanguinetti. Sin embargo, los estudiantes que buscan darle un sentido a sus acciones no necesariamente se preguntan sobre estos aspectos de forma espontánea. El Ayuntamiento de Barcelona, por ejemplo, recomienda hacerse varias preguntas antes de elegir un voluntariado, como ¿qué quieres conseguir con el voluntariado?, ¿qué puedes aportar al proyecto?, ¿qué ámbito te motiva más? o ¿cuánto tiempo quieres o puedes dedicar?, entre otras. Existen varias publicaciones que contribuyen a informar y crear conciencia, y que pueden ayudarte a prepararte para un voluntariado, como Retrato del voluntariado en España: tendencias, experiencias innovadoras y cifras de un fenómeno creciente de la Fundación Telefónica de España; la Guía de voluntariado internacional publicada por la Coordinadora de ONGD de Navarra; o incluso Learning Service: The Essential Guide to Volunteering Abroad, para los que lean en inglés.

En algunos casos, la lectura de estas obras y el asesoramiento para prepararnos para la misión nos ayudan a darnos cuenta de que las ganas súbitas de hacer un voluntariado responden más a un deseo personal que a una intención realmente solidaria. “Pero no pasa nada, es importante saber ser humildes y pensar: ‘Bueno, si no voy a ayudar en nada, mejor no voy’”, concluye Chloé Sanguinetti.

En resumen, la idea de hacer un voluntariado debe ser fruto de una reflexión personal hecha con madurez. Aunque la acción de ciertas organizaciones o gobiernos es fundamental en la lucha y la prevención contra el “volunturismo”, la solución se encuentra también en manos de las personas que desean participar en estas misiones.

Así pues, es recomendable examinar detenidamente los proyectos cortos de voluntariado en el extranjero. Aunque se trata de una experiencia muy interesante, tanto desde un punto de vista profesional como personal, lo principal sigue siendo ayudar a la población local. Geraldine resume perfectamente esta conclusión: “Es una experiencia maravillosa que te lleva a cuestionarte personalmente, te permite conocer a personas increíbles y te marca para siempre. Pero debes tomarte el tiempo de elegir con cuidado la organización con la que partirás y asegurarte de que sus valores se corresponden con los tuyos”.

Traducido por Andreína Gil / Foto: Welcome to the Jungle

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