Por qué la búsqueda del éxito nos hace infelices

Por qué la búsqueda del éxito nos hace infelices
Un artículo de nuestro experto

Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos soñado con obtener algún tipo de reconocimiento, con el éxito. Algunos sueñan con ganar un Óscar o una competición, otros con convertirse en CEO o ser millonarios. Ya no es ningún secreto y podemos decirlo alto y claro: vivimos en una cultura centrada en el éxito profesional, que define a las personas en función de su trabajo para después evaluarlas según su grado de éxito. Pero a fin de cuentas, ¿tiene realmente el éxito alguna relación con la felicidad?

Solemos creer que la satisfacción que genera el éxito es lineal. Es decir, cuanto más exitosos seamos, más satisfechos estaremos. Pero aunque parezca ilógico, los estudios en ciencias cognitivas indican que esto no funciona realmente así. Peor aún. A veces incluso tenemos una especie de decepción tras alcanzar una meta.

La trampa de la línea de meta

Algunas personas consideran que nuestra percepción del éxito es errónea. Tal Ben-Shahar, profesor de la Universidad de Harvard, llama a este fenómeno la arrival fallacy, “la falacia de la llegada”. Se refiere a la ilusión que tenemos de que, una vez alcanzado nuestro objetivo, sentiremos una emoción muy fuerte que persistirá en el tiempo. Sin embargo, cuando nos atenemos a los hechos, vemos que lo que suele ocurrir es que tenemos una gran felicidad al alcanzar una meta, pero este sentimiento en realidad dura muy poco tiempo.

Así pues, caemos en una trampa que nos hace creer que nuestro estado emocional va a durar mucho tiempo. Esto se conoce como el “sesgo de durabilidad”, que ha sido estudiado extensamente en el ámbito de las ciencias humanas. En un experimento, se les preguntó a varios atletas qué estarían dispuestos a hacer para ganar una medalla de oro. Algunos afirmaron estar dispuestos a sacrificar años de su vida, como si se tratara de un pacto con el diablo en el que aceptas perder diez años de tu vida con tal de ganar una medalla de oro. Por el contrario, cuando se interrogó a atletas de alto nivel que ya habían ganado una medalla de oro acerca de la duración de su alegría, estos explicaron que les duró entre 48 y 72 horas y que luego volvieron a la normalidad.

Darlo todo en un ámbito concreto es lo que caracteriza al éxito profesional. Pero esto es poco habitual, ya que no solemos hacerlo en otras áreas de nuestra vida. Por ejemplo, nunca pensamos: “Voy a comer 20 kilos de comida hoy y dejar de comer el resto del mes”, ni “Hoy duermo 72 horas y no volveré a dormir durante un mes”. Ni tampoco “Voy a estar totalmente estresado y sin ver a nadie durante seis meses, y después me voy a tomar una semana de vacaciones”. Sin embargo, sí que pensamos en estos términos cuando se trata del éxito. En consecuencia, cuando por fin alcanzamos nuestra meta, la satisfacción dura tan poco que nos sentimos decepcionados. Así pues, terminamos cayendo en otra trampa: la de elegir otra meta y estar persiguiendo eternamente una fuente de satisfacción, como un hámster dando vueltas en su rueda.

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Reavivar la llama

Esta trampa nos lleva a una forma de un sesgo cognitivo llamado el “efecto de focalismo” y caemos en lo que se conoce como la “falacia de la causa única”, que nos hace creer que toda nuestra satisfacción depende de un solo factor: el éxito. Nuestra relación de pareja, la relación con nuestros hijos o amigos, nuestras aficiones, hacer deporte, jugar a videojuegos, ver la televisión… Todo eso y mucho más lo dejamos de lado para centrarnos en ese ascenso o proyecto que nos dará satisfacción. Pero es todo falso.

No solo es falso, sino que incluso podríamos decir que es inversamente proporcional. Es decir, la satisfacción o la felicidad no son algo que podamos definir como un objetivo explícito. Es como dormir: cuando tenemos sueño, si vamos a la cama y lo único que pensamos es en quedarnos dormidos, seguramente no lograremos dormir. Pero nos dormimos cuando pensamos en otra cosa. De la misma forma, podríamos afirmar que la satisfacción y la felicidad son un resultado indirecto de todas las demás cosas que hacemos.

Por supuesto, esto no significa que no debamos tener ninguna ambición, que nada deba importarnos y que no debamos intentar tener éxito. Simplemente, debemos tener cuidado de no caer en la trampa del focalismo y tener en cuenta que el éxito no es el único factor que nos puede aportar satisfacción en la vida. Es necesario diversificar los elementos que nos generan alegría y felicidad. El éxito no tiene por qué ser el único pilar de nuestra vida.

Somos mucho más que nuestro trabajo y podemos cosechar éxitos en ámbitos muy diversos: nuestras aficiones, nuestras relaciones sociales, ayudando a los demás, dedicándonos a nosotros mismos, o incluso no haciendo nada y relajándonos, porque en el mundo de hoy es un éxito permitirse no hacer nada sin sentirse culpable y resistir a esa presión permanente de tener que trabajar para ser felices. Quién sabe, quizás terminemos teniendo éxito sin siquiera intentarlo.

Traducido por Andreína Gil / Foto de WTTJ

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