Teletrabajar desde el pueblo: con amor, pero sin internet

Teletrabajar desde el pueblo: con amor, pero sin internet

Se dice que el teletrabajo es una oportunidad para quienes quieren alejarse de las grandes ciudades y para que las zonas rurales puedan atraer a nuevos vecinos. Aunque, por otro lado, el 72% de los españoles cree que el ámbito rural no está preparado para el teletrabajo, según los datos recogidos por la compañía de telecomunicaciones Viasat en su reciente estudio sobre conectividad en España. ¿Cuál es la realidad? ¿A qué problemas se enfrentan quienes quieren instalarse en áreas rurales para trabajar a distancia? Estas son las historias de tres profesionales que, a raíz del confinamiento o por otros motivos personales, han experimentado las ventajas y los inconvenientes de vivir y trabajar en un pueblo.

De Madrid a una casa de piedra en Ourense

Carmen de las Heras abandonó hace dos años y medio la vorágine de Madrid para trasladarse a O Pereiro de Aguiar, una localidad situada al este de Ourense en la que viven 6.275 personas. Desde este municipio, formado por diversos pueblos y aldeas de casas dispersas, y con una población mayormente envejecida, Carmen desarrolla tareas relacionadas con el marketing para una startup situada en Vigo.

“Cuando llegamos, no había internet. Nos instalaron una conexión ADSL de 6 megas, aunque en realidad nos llegaban 4,5, dependiendo de las zonas de la casa… Pusimos unos repetidores para intentar ganar un poco de capacidad y de velocidad, pero, al ser una casa con paredes gruesas de piedra, la conexión seguía estando muy limitada”, comenta.

“Nos íbamos apañando como podíamos hasta que un día vimos que en los postes de la luz habían puesto las cajas de fibra óptica. Nadie nos había avisado. Enseguida llamamos para que nos vinieran a hacer la instalación”. Un técnico tiró más de trescientos metros de cable de fibra óptica hasta su casa y la pareja tuvo que correr con los gastos de esa instalación, pero Carmen asegura que valió la pena: “Ha sido un cambio brutal. Antes teníamos que avisarnos antes de subir archivos, para no coincidir, porque si no se colgaba todo y no había manera de que internet funcionase. Ahora, hasta compartimos nuestro wifi con el vecino y no notamos ninguna diferencia”.

Carmen y su marido se plantean ahora cambiar de casa y que la vivienda tenga internet se convierte en un requisito prioritario. “Es lo primero que preguntamos, antes incluso de saber si tiene calefacción o el número de habitaciones”, afirma. También se ven obligados a llamar a las compañías operadoras de telefonía para preguntar qué servicios ofrecen en cada zona y qué tipo de conexiones. “Buscar casa en una zona rural, que sea aislada y que tenga fibra para que podamos trabajar es toda una aventura”, sentencia.

“[Si la casa tiene internet] es lo primero que preguntamos, antes incluso de saber si tiene calefacción o el número de habitaciones” - Carmen

Primera parada: acceso a internet

Precisamente ese, el del acceso a una conexión a internet que permita trabajar a distancia, ha sido el principal problema con el que se han enfrentado quienes han decidido hacerlo tras el inicio de la crisis. Es el caso de Fede Lapuente, que se encarga de ofrecer soporte a usuarios en una empresa de informática y, desde el principio del confinamiento, trabaja desde casa.

Primero lo hizo en su residencia habitual (en Valencia) y, en cuanto la situación sanitaria le permitió moverse de comunidad autónoma, decidió trasladarse a la segunda residencia que tiene en Griegos, un pequeño pueblo de la provincia de Teruel enmarcado en la Sierra de Albarracín, con una población censada de 136 vecinos. “Esto es la España vaciada, aquí hay poca densidad de población y eso te permite tener más tranquilidad. Puedes salir y no ver absolutamente a nadie. Era mejor opción que estar en Valencia encerrados en un piso, especialmente para mis hijos”, asegura.

“Aquí hay poca densidad de población y eso te permite tener más tranquilidad. Puedes salir y no ver absolutamente a nadie. Era mejor opción que estar en Valencia encerrados en un piso” - Fede

Antes de mudarse había una gestión indispensable que realizar: “En casa solo disponíamos de teléfono fijo, así que tuve que solicitar una conexión a internet. Me mandaron una mochila 4G, que es básicamente un router que se conecta a la antena de telefonía móvil del pueblo y te proporciona la conexión”, explica. Con la barrera de la conectividad aparentemente solucionada, solo le quedaba probar su buen funcionamiento in situ: “Ya en Griegos, hice algunas videoconferencias con mis jefes y me conecté con varios clientes. Todo funcionó. Desde principios de julio estoy trabajando aquí y no he tenido ni un solo corte de internet, ningún problema, igual que si estuviera en mi oficina”, afirma.

¿Qué pasa con la fibra óptica?

El Índice de Economía y Sociedad Digital 2020, publicado el pasado mes de junio por la Comisión Europea, sitúa a España como el quinto de la Unión Europea con la mejor conectividad. Además, destaca como punto fuerte de nuestro país un despliegue de fibra óptica hasta el hogar que es del 80%, muy por encima de la media europea (34%). Y añade que, en las zonas rurales, la cobertura en España alcanza al 46% de los hogares, frente al 21% en Europa.

Sin embargo, en la práctica, el acceso a la fibra óptica es algo más complicado: otro informe realizado en 2019 por la Secretaría de Estado de Telecomunicaciones e Infraestructuras Digitales recuerda que en nuestro país todavía el 13,4% de la población en entornos rurales carece de acceso a una banda ancha superior a 30 megas. Fede lo sabe bien.

Griegos dispone de una entrada de fibra desde hace años, pero Fede asegura que el problema aparece al contactar con la compañía: “Te dicen que no saben dónde está la casa, si hay instalación, necesitan confirmar si otros vecinos tienen fibra… Hemos estado insistiendo para que nos la instalaran y nos ha pasado de todo. Tenemos la entrada de fibra a cien metros de casa, así que solo se trata de tirar el cable. No hay dificultad técnica, pero de entendimiento, ni te imaginas”, sentencia.

El wifi del vecino

Aleix Trepat inició su experiencia rural justo antes del confinamiento, cuando decidió huir del piso de menos de setenta metros cuadrados que compartía con otras cuatro personas en Barcelona. “Vi venir que estaría varios meses encerrado en una habitación, así que cogí mis cosas y me fui al pueblo donde vive mi padre desde hace unos años, para tener más espacio vital y alejarme de la ansiedad general que había en la ciudad”, explica. El pueblo es Sant Martí Vell, situado en la comarca del Gironès, una localidad conformada por masías y casas de payés que cuenta con 252 vecinos censados.

“Vi venir que estaría varios meses encerrado en una habitación, así que cogí mis cosas y me fui al pueblo donde vive mi padre” - Aleix

Dedicado a la gestión de siniestros en una compañía aseguradora, antes de tomar la decisión de marcharse al entorno rural, Aleix llevaba una semana teletrabajando en Barcelona como parte de una prueba piloto que su empresa realizó entre algunos de sus quinientos trabajadores, para ver si las nuevas aplicaciones que iban a utilizar funcionaban bien desde casa. “La decisión de irme al pueblo fue un poco improvisada, pero, sobre el papel, lo único que necesitaba para trabajar era conexión a internet”, relata.

Sin embargo, Sant Martí Vell es uno de los pueblos de España en los que no hay instalada ninguna línea de fibra óptica y para tener internet también hay que recurrir a las mochilas 4G que utilizó también Fede. “La casa no tenía línea telefónica ni internet, por eso acordamos con un vecino que me dejaría su contraseña para conectarme a su wifi y así poder trabajar”, comenta.

Una vez allí, al igual que le sucedía a Carmen, descubrió que las paredes de su antigua casa de piedra se convirtieron en una barrera que le impedía recibir la señal. “Di vueltas por la casa con la antena USB conectada al ordenador hasta que encontré el único rincón donde me llegaba el wifi, allí tuve que instalar mi equipo y mi mesa de trabajo”, dice.

Hacer balance: una experiencia que merece la pena

A pesar de las dificultades, Carmen es una ferviente defensora de este estilo de vida, que permite trabajar en un entorno más relajado y con otros ritmos vitales. “Estoy deseando que Elon Musk siga tirando sus satélites a ver si me puedo ir a una zona aún más rural”, bromea. También valora que la implantación del teletrabajo en entornos rurales puede ser una buena solución al problema de la despoblación y puede ayudar a la revitalización económica de ciertas zonas. “Cuando nos mudamos, todos los vecinos que tenemos cerca (y cerca es unos dos kilómetros a la redonda) se vinieron a presentar. Están deseando que llegue gente joven y que haya niños para que no se pierda su pueblo”.

Coincide con ella Fede, que mientras continúa su batalla particular para que la fibra óptica llegue a su casa, hace un balance positivo de su primera experiencia como teletrabajador en el mundo rural: “Es alentador de cara al futuro, aquí rindes más y ahorras mucho en tiempo y dinero. El único miedo es que haya tormentas fuertes y se caiga la conexión 4G, porque entonces no podría trabajar. Pero mi empresa ya está avisada por si acaso eso sucede y son totalmente comprensivos”.

En el caso de Aleix, el barcelonés reconoce que la experiencia rural le ha cambiado totalmente la concepción del trabajo. “También soy músico y me va mejor vivir en la ciudad por los ensayos y la gestión de conciertos, pero si solo me dedicara al trabajo de oficina, seguro que haría temporadas de trabajo en Sant Martí Vell. Tendría internet un poco más lento, porque no hay fibra, pero eso son nimiedades si lo comparas con el lujo de acabar de trabajar y poder irte a correr al bosque”, afirma.

“Tendría internet un poco más lento, porque no hay fibra, pero eso son nimiedades si lo comparas con el lujo de acabar de trabajar y poder irte a correr al bosque” - Aleix

… a pesar de la mala cobertura

Los tres profesionales reconocen que la brecha digital relativa al acceso a internet existe, pero que la falta de redes de fibra óptica, aunque genere dificultades al principio, se puede suplir con alternativas que les han permitido desarrollar su trabajo. Pero también coinciden en destacar un problema que no deja de sorprender: la falta de cobertura en su teléfono móvil. Fede prefirió atender nuestra llamada desde la calle, para asegurar el tiro. “Mi compañía da servicio en Griegos y tengo pocos problemas, pero otras no lo hacen, por lo que es habitual ver a gente dando vueltas a la carretera o subiendo a la montaña para llamar o descargar todos los WhatsApp del día. Si eso te sucede con un teléfono de empresa, ya tienes un inconveniente para poder trabajar”, comenta.

A Carmen la escuchábamos con dificultades en ciertos momentos de la conversación. “Tengo poca cobertura, no puedo hacer mucho más”, nos decía, y explicaba que, a veces, mientras trabaja, se ve obligada a oír las conversaciones de su vecina que sale a la calle para poder hablar por teléfono. Para Aleix, la buhardilla era el único punto de la casa donde podía recibir llamadas y acceder a la conexión 4G de su propio móvil. La España rural se conecta, aunque quizás, a día de hoy, todavía le falten algunos megas de velocidad.

Foto de WTTJ

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Laia Antúnez

Freelance Content Creator

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