¿Cómo trabajar con una persona dominante?

  • December 3, 2019

Todos somos diferentes. Y son precisamente nuestras diferencias las que enriquecen el trabajo en equipo. Pero dicha riqueza puede convertirse en un escollo a la hora de trabajar con personas con un carácter “difícil”.

Este tipo de personas a menudo perjudican el ambiente y hacen que el día a día en el trabajo resulte especialmente ingrato. Por lo general acostumbra a ocurrir con personalidades “dominantes”. Seguramente, al leer esta palabra ya te ha venido a la mente la imagen de un compañero o compañera que a menudo interrumpe las conversaciones, impone su opinión de forma agresiva y humilla a sus interlocutores.

A continuación resumimos las características de las personas “dominantes” y te damos algunos consejos para que tu día a día sea más fácil a su lado.

Dominante o sumiso: ¿la ley de la selva en la oficina?

Nuestra personalidad es el resultado de una combinación única de rasgos: por eso cada persona es más o menos extrovertida, organizada, optimista, etc.

De la misma manera, tenemos una mayor o menor tendencia a dominar o, por el contrario, a someternos a los demás. De hecho, esto es lo que determina nuestra capacidad para integrarnos y comportarnos dentro de un grupo. Esta capacidad se conoce como comportamiento gregario y viene dictada por nuestra estructura cerebral, más concretamente por la amígdala, la zona del cerebro que controla nuestras reacciones emocionales, incluidos el miedo o las amenazas.

Así pues, uno puede ser más o menos dominante (o sumiso), pero también existen personalidades “neutras”, ni dominantes ni sumisas. Este tipo de personas son capaces de adaptarse en función de la posición gregaria con la que se encuentren, es decir, adoptan una posición más dominante ante individuos sumisos y una posición más sumisa ante individuos dominantes.

Las dinámicas de dominación y sumisión dan forma a la estructura de los grupos sociales en las empresas y revelan así la parte primitiva del comportamiento humano, que hemos ido heredando de los grupos sociales formados por nuestros antepasados. Al parecer, es nuestro cerebro más arcaico (el cerebro reptiliano) el que controla nuestra posición social dentro de un grupo. También es responsable de nuestro “miedo social”, el miedo intenso provocado por la mirada ajena y controlado parcialmente por la amígdala.

Según estudios pertenecientes a la etología, la psicología social y la neuropsicología (como el famoso experimento de Milgram, realizado en 1963, que estudiaba la obediencia ante la autoridad) la relación entre las personas dominantes y las personas sumisas es lo que permite preservar la estructura social de un grupo. Efectivamente, un grupo social en que cada uno de los miembros tiene una posición definida –más o menos dominante o sumisa– funciona mejor que un grupo en el que todos reivindican un puesto de líder o uno de seguidor. Si todos los miembros de un equipo reivindicaran una posición dominante y siempre antepusieran su punto de vista como si este fuera el único relevante, crecería la agresividad entre ellos y el proyecto se vería perjudicado. Del mismo modo, si todos los miembros de un equipo adoptaran una posición de sumisión, y nadie tomara decisiones, la inercia de grupo resultaría demasiado intensa y el proyecto tampoco avanzaría.

Características de la personalidad dominante

El comportamiento de dominación se manifiesta mediante el lenguaje verbal (la palabra), el paraverbal (el tono de voz) y el no verbal (la postura corporal y la expresión facial). La persona dominante a menudo se expresa con afirmaciones rotundas y tiende a dar órdenes e instrucciones. Su voz es firme y no duda en levantarla para anteponerse a su interlocutor. Su posición física también es muy firme, como si quisiera dar a entender que el espacio le pertenece.

Las personas dominantes tienden además a imponer su punto de vista, pues consideran que siempre tienen razón. Como consecuencia, no soportan las críticas y emplean técnicas de seducción para asegurarse que el grupo se adhiere a su manera de ver las cosas. También utilizan formas de intimidación: amenazas, acusaciones, cambios de humor más o menos significativos, e incluso humillaciones.

Por ejemplo: tu jefe te exige que termines un informe “muy urgente” antes del viernes a las 6 de la tarde, pero tú habías previsto dedicarte a otros proyectos para terminar la semana. El problema es que te lo exige (no te lo pide) y sabes que si le dices que no se enfadará (gritará, saldrá de la sala dando un portazo y la carpeta acabará volando por los aires). Lo sabes porque es su reacción habitual cuando alguien se le resiste.

Este tipo de situaciones hacen que los compañeros de las personas dominantes no se atrevan a ofenderlas y opten por tratarlas con pinzas para evitar su enfado.

Cómo reaccionar ante un compañero o jefe dominante

Cuando una persona dominante trabaja con una sumisa, el comportamiento de esta última (que tiende a sentirse culpable, ser discreta, y muy atenta con los demás y poco consigo misma) intensifica el comportamiento de la dominante. Así, se crea un círculo vicioso en la relación, pues sendos comportamientos se ven fortalecidos.

Volviendo al ejemplo anterior, si tu jefe te exige que termines un informe urgente el viernes a las 6 y tú tiendes a ser (excesivamente) sumiso, acabarás trabajando el fin de semana y te sentirás culpable si no terminas el informe (te estarás autoculpabilizando). Además, si tus compañeros se ofrecen para echarte una mano, rechazarás su ayuda, dando por hecho que tienen mejores cosas mejores que hacer durante su fin de semana (estarás prestando más atención a los demás que a tí mismo).

Las personas de carácter dominante son un verdadero obstáculo para el trabajo en equipo, pues les cuesta incluso tener en cuenta las opiniones que discrepan de las suyas. Sus cambios de humor dificultan la comunicación y el equipo puede perder la moral muy rápidamente. Las personas dominantes tienden a percibir a los demás como potenciales amenazas y adoptan una posición de dominancia para protegerse contra cualquier agresión. Tienden a ver el posicionamiento social de las personas desde el punto de vista del maniqueísmo: fuertes contra débiles. Por eso adoptan una actitud dominante, de manera más o menos consciente, para definirse como “fuertes”.

Afortunadamente, es posible aprender a relacionarse con las personas dominantes y evitar entrar en un círculo vicioso infernal. Aquí tienes algunos consejos:

  • No caigas en lo emocional. Es importante no dejarse desbordar por las emociones cuando uno trabaja con personas dominantes, pues esto es precisamente lo que les permite abusar de comportamientos humillantes o intimidatorios. Intenta dominar el mensaje que les quieras transmitir (tómate el tiempo de encontrar el tono adecuado, prepara bien el discurso) y deja de lado los sentimientos. Puedes preparar por escrito y de manera anticipada los puntos más importantes que quieras expresar. Es esencial que tu lenguaje no verbal tampoco exprese tus emociones: un truco es intentar mirar fijamente a los ojos de la otra persona y adoptar una expresión facial neutra (cabe mencionar que sonreír continuamente o mover la mandíbula hacia adelante puede interpretarse como un gesto desafiante). Si el tono de la conversación empieza a encenderse, trata de mantener una expresión neutra y pensar en otra cosa, ya sea la lista de la compra, tus planes para el fin de semana, o incluso ¡lo que vas a cocinar esa noche!

  • Muéstrate asertivo y firme. La asertividad es la capacidad de afirmarse ante las personas desde el respeto hacia los demás y hacia sí mismo. La idea es adoptar una posición neutra, ni dominante ni sumisa, mantener un tono firme y transmitir un mensaje claro. Si el individuo dominante alza el tono para intimidarte, puedes utilizar la denominada técnica del disco rayado, que consiste en repetir tu mensaje manteniendo un tono de voz firme y neutro. Cuando quieras pedir días de vacaciones, por ejemplo, comunica los días que te gustaría pedir sin justificarte. Utiliza un tono firme y, si te vuelve a pedir (como lleva haciendo los últimos cuatro años) que cambies tus planes, repite tranquilamente “no me será posible trabajar en esas fechas”.

  • Recuérdale las reglas. Mencionar el marco legal (o la ley) te permitirá apretarle las tuercas a la persona que intenta dominarte. Puedes recordarle, por ejemplo, que la Ley de control horario estipula que las horas extra…”.

  • Pide pruebas por escrito. Dejar constancia escrita te permitirá tener pruebas de las conversaciones y utilizarlas si es necesario. La intervención de una tercera persona también puede resultar beneficiosa y suele bajar los humos a las personas dominantes. No dudes en tratar por e-mail cualquier tema delicado y, si te dan una respuesta oral y sin testigos, pide que te la notifiquen igualmente por escrito.

  • No te justifiques, ni pidas disculpas. Cuando trates con una persona más dominante que tú, no solo es esencial no expresar tus sentimientos y mantenerte neutro, sino no denigrarte ni justificarte. No digas “lo siento pero…” o “no podré porque…”. Cuando quieras anunciar, por ejemplo, que no podrás asistir a la próxima reunión porque estarás visitando a un cliente ese día, no te disculpes ni des explicaciones: di simplemente que no estarás disponible y propón una fecha que te venga mejor. Si tienes tendencia a denigrarte, evita igualmente los comentarios del tipo “me he vuelto a equivocar”.

Los comportamientos de dominancia o sumisión son comportamientos humanos completamente normales que regulan las interacciones dentro de los grupos sociales. Sin embargo, cuando un individuo abusa de su estatus y muestra un comportamiento de dominancia exagerado, trabajar con él puede resultar muy difícil. Cabe recordar que, aunque estos comportamientos tienen orígenes neurobiológicos, existen tratamientos psicoterapéuticos para ayudar a flexibilizar las actitudes más rígidas, tanto si estas son demasiado dominantes… como demasiado sumisas.

Elsa Andron

Psychologue du travail et psychologue clinicienne
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