¿Es la creatividad la próxima conquista de la inteligencia artificial?

  • April 1, 2019

Este retrato de inspiración clásica no es obra de un humano, sino de un algoritmo para realizar cuadros creado por una agrupación de artistas franceses llamada Obvious. Hoy en día las máquinas son capaces de crear pinturas, componer melodías, inventar recetas de cocina, escribir guiones… Y hacerlo sin intervención humana. La nueva capacidad artística de la inteligencia artificial (IA) pone en cuestión la noción de creatividad. ¿Hasta qué punto puede ser creativa la IA?

Hablamos con Pierre Fautrel, artista creador del colectivo Obvious, tras su charla en la edición de 2018 de L’Échappée Volée, e intentamos descifrar el proceso creativo de la mano de Emilien Dereclenne, doctorando en ciencia cognitiva e inteligencia artificial, músico barroco y emprendedor.

Pequeña filosofía de la creatividad

Dos criterios para abordarla

Para entender la creatividad de las máquinas es necesario, en primer lugar, ponerse de acuerdo en qué entendemos por creatividad. Emilien Dereclenne, especialista en el tema, precisa que en general la creatividad se distingue por dos criterios:

  • El criterio de la novedad. Una cosa es creativa si aporta algo nuevo u original: una obra nueva, una nueva manera de actuar o de pensar, o incluso un cambio inédito en cuanto a la manera de actuar y organizarse.
  • El criterio del valor. Lo creativo tiene un sentido para el creador o para la comunidad. Una creación puede ser bonita, útil, terapéutica, influyente, transformar parcial o totalmente el medio ambiente… En definitiva, posee un significado para el individuo o para la comunidad.

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Tres formas de creatividad, el ejemplo de Uber

Así pues, ¿puede ser creativa la inteligencia artificial?

Para responder, Emilien Dereclenne cita las investigaciones de Margaret A. Boden (La mente creativa. Mitos y mecanismos, 2012 y de Computer Models of Creativity, 2009), eminente investigadora en ciencia cognitiva e IA. Según ella, no hay duda de que los ordenadores tienen comportamientos creativos, por lo que la creatividad no es exclusiva de la inteligencia humana. Margaret A. Boden distingue tres tipos de creatividad y demuestra que los ordenadores son capaces de demostrar los tres:

1. La creatividad combinatoria
Produce nuevas combinaciones, asociaciones inéditas de ideas familiares. Pongamos el ejemplo de Uber. El día en que Uber fue creado, ya era posible tener un chófer privado y obtener una geolocalización a través de los smartphones. Sin embargo, la empresa norteamericana supo diferenciarse combinando ambos servicios y creando uno completamente nuevo. A partir de ese momento, los profesionales y clientes podían ponerse en contacto directamente, y de manera casi instantánea, mediante una aplicación.

2. La creatividad exploratoria
Consiste en aprovechar conceptos realizables, hasta el momento inimaginables, y ejecutarlos. Debe darse en un marco determinado (una disciplina en particular, una comunidad o un contexto definido, por ejemplo). Basándose en la tecnología ya existente, Uber siguió explorando posibilidades de su plataforma y su concepto que no había vislumbrado hasta el momento. Esto le permitió ampliar su gama de servicios y abarcar otros sectores de actividad (Uber Eats para el envío de comida a domicilio, Uber Health para el transporte de pacientes y Uber Freight para el transporte de mercancías).

3. La creatividad transformadora
Se asemeja a la capacidad de transgredir, transformar o revolucionar un espacio de pensamiento ya existente para producir otro. Uber, una vez más, contribuyó a redefinir las costumbres relativas a su sector de actividad (el transporte) inventando una nueva manera de desplazarse, administrarse y pagar. Una estrategia que le permitió pasar por delante de los actores tradicionales del mercado (taxis y choferes privados). Así, esta empresa norteamericana encarna bien la creatividad transformadora. Se habla incluso de “uberización” para designar la transformación, la alteración o la eliminación de intermediarios en un sector determinado.

¿Una creatividad propia de la IA?

El potencial creativo de las máquinas

Pierre Fautrel defiende la idea de la inteligencia artificial creativa. Este artista, con ayuda de los otros dos fundadores del colectivo Obvious, pasó un año desarrollando un algoritmo capaz de pintar y crear su propio cuadro: “Le dimos (al algoritmo) 15.000 retratos clásicos, comprendidos entre los siglos XV y XX. Gracias a estos ejemplos, entendió las reglas del retrato (una persona de frente, con dos ojos, una nariz, una boca) y fue capaz de crear un ejemplo nuevo”.

“Utilizamos unos algoritmos llamados RGA (Redes Generativas Antagónicas, GAN en inglés) que crean imágenes a partir de un gran número de ejemplos”, ideados en el año 2014 por el investigador norteamericano Ian Goodfellow. Pierre Fautrel añade sobre la creatividad de las máquinas: “Al igual que las personas, aprenden mediante ejemplos”. Según él, hemos entrado en una nueva era: “Tras el impresionismo, el puntillismo y el fauvismo, ahora es el momento del ganismo, un movimiento artístico en el que el hombre y las máquinas colaboran para optimizar su potencial creativo”. En este contexto, le parece legítimo plantearse la cuestión de la creatividad propia de los algoritmos ya que “nosotros solo les damos las reglas y ellos son los que crean”.

La posible autonomía de la IA

Emilien Dereclenne apunta, sin embargo, que esto se podría rebatir ya que el algoritmo no es nada sin el programador. En este caso no sería apropiado hablar de creatividad propia de la IA, ya que el producto del algoritmo (la pintura, la obra musical, etc.) solo es el resultado de la aplicación semialeatoria de una serie de reglas de producción ya existentes. Sin embargo, a día de hoy “ya no se programan ordenadores a partir de reglas fijas acordadas previamente, sino que se les enseña a programarse ellos mismos, a descubrir sus propias reglas de funcionamiento”. Estos algoritmos se reprograman solos con la ayuda de información procedente de su entorno o de su base de datos. Emilien Dereclenne cita, a este respecto, la observación de Scott Draves (Electric Sheep) que habla de “volver a crear la esencia de la vida de forma digital”, es decir, simular las características de los seres vivos, como la autonomía, la capacidad de adaptarse a un entorno, etc.

Y aunque a día de hoy esta hipótesis siga siendo ciencia ficción, el evangelista tecnológico Stéphane Mallard parece convencido. En su opinión, con el tiempo, la inteligencia artificial hará todo lo que hace el hombre, y mejor. Tal y como señaló en una tribuna de l’ADN, “en realidad, el desarrollo de la IA (y sus futuras capacidades) no tiene límites. Todas nuestras funciones cognitivas, todo lo que nuestro cerebro nos permite hacer, podrá hacerlo la inteligencia artificial”.

¿Y qué lugar ocupa la emoción en todo esto?

La sensibilidad, característica exclusiva de los humanos

Emilien Dereclenne suaviza de forma significativa las declaraciones de Stéphane Mallard. Para él, reproducir las funciones cognitivas (la percepción del entorno, el razonamiento, la movilización de conceptos, la toma de decisiones) no es suficiente para hablar de creatividad. ¿Qué pasa con la emotividad, la sensibilidad o la experiencia propia de cada uno (conocida como dimensión conativa)? Todo acto creativo se inscribe en la historia individual, social y política del que crea. “Mozart no es Mozart solamente en virtud de sus capacidades cognitivas de combinación, exploración o transformación. También lo definen sus pasiones, sus dudas, su hipersensibilidad, la profundidad, la delicadeza y la violencia de sus sentimientos, además de su historia individual y social, sus encuentros humanos, su fe”.

¿Podrá la IA actuar con inteligencia emocional?

Algunos algoritmos de inteligencia artificial son capaces de crear repeticiones, obtener promedios, producir relatos, interactuar con humanos, así como percibir las emociones de una persona en función de la expresión de su cara. Pero tal y como señala Emilien Dereclenne, “ninguna inteligencia artificial tiene vida emotiva y afectiva propia. Ninguna posee experiencia subjetiva ni consciente y no puede calificar su experiencia según el placer, la pena o el espectro de los sentimientos humanos”. De momento, las máquinas no entienden realmente lo que se les pide. Detectan palabras clave, van a buscar una respuesta en una base de datos y la formulan basándose en ejemplos, pero no son capaces de concebir un razonamiento completo.

Pero Pierre Fautrel y Emilien Dereclenne sí están de acuerdo en una cosa: “Es inútil que nos las demos de predicadores porque en realidad no sabemos nada”. Los algoritmos aprenden rápido y no se descarta que un día se consiga dotar a la IA de emociones y sentimientos, aunque para esto todavía queda mucho.

La gran angustia de ser sustituidos

¿Representa la IA una amenaza o una oportunidad para las profesiones creativas?

¿Por qué tendría que sustituir la IA a la creatividad humana? Las sorprendentes capacidades que ha ido adquiriendo hacen que algunos profesionales creativos (diseñadores, redactores, creadores…) se sientan amenazados por los algoritmos, pues piensan que éstos podrían llegar a sustituirlos. Sin embargo, Emilien Dereclenne asegura que esto es “un error de razonamiento”. El diálogo entre el hombre y las máquinas (durante la creación y la programación del algoritmo) puede ser algo positivo y ser parte del proceso creativo. La IA podría convertirse en una nueva herramienta y una nueva plataforma para la expresión de la creatividad humana. Dereclenne plantea así una actitud práctica y optimista: “El algoritmo, más que sustituir a la creatividad humana, puede servirle de instrumento amplificador, de medio exploratorio”. Para ilustrar sus palabras, hace referencia al movimiento del arte generativo, e insiste en la relación instrumental que R. Luke DuBois, programador-compositor, mantiene con sus algoritmos: “No hay manera de hacer que la IA componga una obra musical pero sí de componer con ella. En este sentido, el algoritmo y la mente creativa participan juntos en un mismo proceso creativo. No hay sustitución, sino enriquecimiento e inspiración mutua”.

Quizás en el futuro los profesionales creativos se centrarán en desarrollar competencias de programación, que deberán demostrar en las entrevistas de trabajo, y compondrán una IA a su medida. ¿Por qué no podría existir un generador de texto basado en el patrimonio de una marca que ayudara al creador de contenidos de esa misma marca, o al curador de imágenes o vídeos, o facilitara la tarea del motion designer? ¿O incluso una IA dedicada a la búsqueda de materias primas de una determinada gama de color para agilizar el trabajo del estilista?

Complementariedad sin incompatibilidad

A menudo se simplifica el debate afirmando que la IA sustituirá la inteligencia humana o que dispensará al hombre de hacer análisis, tomar decisiones o demostrar su creatividad. Emilien Dereclenne pone de relieve esta maniquea percepción del tema planteando nuevas cuestiones: “Incluso cuando la IA sea más creativa que el hombre, ¿qué nos hace pensar que la creatividad humana desaparecerá, que la autonomía imaginativa y reflexiva del ser humano se desplomará bajo el peso de la excelencia artificial? ¿Acaso tener un amigo o un compañero creativo suprime nuestra creatividad? ¿Por qué contemplar el reemplazo, cuando se puede hablar, de manera más crítica, de evolución de los modos de operar de la creatividad humana-técnica?”.

De esta manera, la creatividad humana no se reduciría a una creatividad algorítmica. La dimensión afectiva, subjetiva y personificada de la IA es imperceptible, pero puede ser un modelo para la creatividad humana en algunas de sus dimensiones. Quizás pueda incluso hasta revelar, como así lo sugiere Emilien Dereclenne “la esencia de una creatividad propia de nuestro tiempo”. Un verdadero cambio de paradigma. “El propio algoritmo constituye una revolución de las reglas y será necesario inscribirlo en la historia de la creatividad humana”.

Traducido por María Gutiérrez Alonso

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Elsa Sayagh

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