¿Qué son las buenas ideas y cómo conseguir tener una?

Génesis, de Jesús Alcoba: ¿en qué consisten las buenas ideas?

Para poder seguir funcionando, el mundo necesita ideas. Pero la presión social, la comodidad que supone poder seguir las ideas de otros e incluso el miedo al rechazo hacen que salirse del tiesto sea toda una proeza. Sin embargo, si eres de los que desean plantear patrones completamente nuevos en un mundo donde todo parece haber sido ya inventado, no desanimes: es posible. El primer paso es, simplemente, desearlo y estar dispuesto a innovar.

Al director de la escuela de negocios La Salle y experto en estrategia, Jesús Alcoba, le asfixia que el mundo sea tan homogéneo. Todos compramos lo mismo, nos rodeamos de personas que piensan igual y encomendamos el progreso de la humanidad a la tecnología. Sin embargo, cada vez cuesta más proponer ideas que no solo interesen, sino que también influyan en la creación de otras. En un entorno en el que, según él, “los matices desaparecen, el contenido se hace neutral y las voces se aplanan”, el autor lanza Génesis. Por fin un libro sobre cómo tener ideas originales (Alienta Editorial, 2019). En él, explica qué características tienen las ideas que realmente mueven el mundo hacia delante, qué nos impide llegar a ellas y cómo podemos dar rienda suelta a nuestra creatividad. No se trata de un manual sobre la creatividad en sí mismo, sino un recorrido por aquellas formas de pensamiento que marcaron un antes y un después.

¿Qué nos impide ser originales?

Hay quienes defienden que el origen de una idea está en un problema. Ideamos algo nuevo para poder solucionar un obstáculo que nos impide avanzar en el camino: para curar una enfermedad, para paliar una desigualdad o para hacernos la vida más fácil. Sin embargo, para Jesús Alcoba, este no es el caso de “la amplia mayoría de las grandes creaciones del ser humano” y defiende que con mayor frecuencia, los creadores necesitan llamar la atención para lograr un objetivo concreto (como en el caso de la publicidad) o lo son por pura necesidad expresiva (como los artistas).

Sin embargo, para el autor, no todos logramos ser creativos, pues “vivimos en un mundo donde el ingenio solo es patrimonio de unos pocos” y donde el ritmo de vida acalla nuestra visión más lateral de las cosas. ¿A qué se debe?

El problema de los filtros

El punto de partida de Alcoba gira en torno a por qué, a pesar de necesitar ideas originales y novedosas, no todas las personas son capaces de generarlas. Su respuesta es simple: “Estamos empezando a ser clones”. Consumimos lo mismo, nos vestimos de forma parecida y defendemos los mismos argumentos porque nos rodeamos de aquellos que piensan igual que nosotros. Este fenómeno se conoce como teoría de las burbujas de filtros. Alcoba cuenta que cada persona “vive en una burbuja de contenido filtrado, a la que solo le llega aquello que realmente le interesa”. Un hecho que plantea varias ventajas:

  • Para el consumidor, que recibe sin esfuerzo aquello que busca, aquello sobre lo que se ha interesado o aquello que mejor se adapta a su forma de ser.

  • Para las empresas, que tienen muy bien estudiado el mercado y saben a quién dirigirse y con qué producto.

Sin embargo, esta cómoda forma de concebir el mundo también presenta una serie de inconvenientes que nos impiden ir a contracorriente, plantear alternativas a los cánones establecidos y comprender a quienes no son como nosotros.

El sesgo de confirmación

Aceptamos lo que nos conviene y rechazamos lo que no nos reafirma. Es lo que se conoce como sesgo de confirmación, que provoca:

  • Pese a que nos creemos dueños y creadores de nuestras ideas y opiniones, en realidad, éstas han surgido de forma subjetiva, sin tener en cuenta que el mundo no es exactamente como nosotros lo interpretamos. Según el autor, esto causa que cada vez haya “menos propuestas diferentes, menos chispas de originalidad y menos ideas frescas”.

  • Al tomar como irrefutables nuestras opiniones, rechazaremos aquellas que no son como las nuestras y no “necesitaremos hacer esfuerzo para dialogar con el pensamiento diferente”.

Alcoba pone el ejemplo de las redes sociales, un lugar a priori nacido como ágora de debate que, sin embargo, se ha convertido en un nido de grupos colmena donde “las personas se dan la razón entre ellas”, haciéndose más radicales y alejándose de la realidad. Esto desencadena una opresión en quienes lanzan nuevos argumentos, lo que provoca que “opinar sin ofender a nadie sea cada vez más difícil”.

La “infoxicación”

Por último, el autor achaca la falta de originalidad a otro factor: la “infoxicación” o saturación informativa provocada por los medios de comunicación y la publicidad, pero también por todo aquel que crea un contenido y lo sube a la red. Con algunos aprenderemos e incluso nos inspiraremos, pero con la mayoría solo habremos saturado aún más nuestro cerebro de excedente cognitivo. ¿La consecuencia? “Cada vez nos cuesta más permanecer centrados en lo que de verdad nos importa”.

¿En qué se diferencian las ideas “buenas” de las “realmente buenas”?

Para Jesús Alcoba, las ideas se pueden dividir en dos tipos:

  • Las buenas: se caracterizan por ser interesantes, novedosas, conflictivas, complejas e inciertas.

  • Las realmente buenas: son originales, es decir, en ellas se genera un punto de partida, un “origen”.

Una idea buena “nace, se replica por millones hasta que produce hartazgo, luego se abandona por otra, que en ese momento se considera nueva” y así sucesivamente. Alcoba pone el ejemplo de los pantalones vaqueros o los hispters. Con ellas logramos generar una novedad efímera (ya que el interés no puede crecer eternamente).

Pero con las segundas, las realmente buenas, conseguimos una capacidad de influencia, de “alterar el orden establecido, de extenderse a través de fronteras y generaciones”. Provocan lo que se denomina “una influencia generativa”, como por ejemplo lo hicieron en su día la agricultura, la escritura, la teoría de la relatividad o el cronómetro marino. Son ideas “generosas” porque “entregan al mundo muchísimo más de lo que el mundo le da a su autor”. Influyen, cambian el orden natural de las cosas y, por ende, de nosotros mismos como especie.

También en la creatividad cotidiana

No es extraño sentirse pequeño al hablar de ideas influyentes. Sin embargo, para Alcoba, “lo importante es comprender que la influencia no es algo exclusivamente vinculado a la profundidad o la relevancia de las ideas”. El autor utiliza el ejemplo de los memes, esas creaciones que se replican y se hacen virales en cuestión de segundos. “Para que un meme se abra paso en esta tupida y vertiginosa maraña de ideas vociferantes no solo debe ser interesante, sino que además debe poseer capacidad de influencia”. Lo mismo sucedió con la minifalda, una prenda revolucionaria surgida en los 60 que provocó asombro y espanto a partes iguales.

Para generar una idea inédita, no hay que cavar muy profundo. Solo es cuestión de observar el contexto más cercano y rutinario.

¿Cómo desencadenar nuestra vena creativa?

Brainstorming sí, pero con matices

Existen muchas técnicas para estimular el pensamiento creativo y eliminar los bloqueos. Una de las más utilizadas es la conocida lluvia de ideas o brainstorming, que permite que dentro de un grupo se lancen ideas sin que se emitan juicios, lo que resulta especialmente beneficioso ya que la creatividad “reacciona mal a la crítica”. Pero para Alcoba este proceso se queda cojo, ya que depende mucho de la atmósfera y de la capacidad creativa del grupo. “No se trata de tener muchas ideas, sino buenas ideas”. Asimismo, “se suspende la crítica externa pero no la interna”, y además no funciona del todo porque “se asienta sobre una concepción clásica de la creatividad, según la cual existe para generar soluciones a un problema, no ideas realmente buenas”.

Huir de la imitación

La mayoría de las empresas buscan formas de diferenciarse del resto. Y si bien no es de extrañar que se observe de cerca a grandes conglomerados, como Google o Apple, para intentar discernir “cómo generan valor”, Alcoba subraya que se equivocan estrepitosamente por varios motivos:

  • No tienen en cuenta los contextos: no se puede reproducir en cualquier parte del mundo una suerte de Silicon Valley, así como no se pueden implantar las características de la educación escandinava en los países del sur de Europa. “Las traducciones directas resultan frustrantemente difíciles o incluso dolorosamente imposibles”.

  • No se trata forzosamente de buscar mentes emprendedoras, sino de dotar de potencial a quienes ya trabajan en la empresa para que la “impulsen desde dentro”.

  • Las empresas hacen frente a sus problemas, “abordándolos con enfoques que han funcionado en el pasado”, pero que no explican el presente.

  • En ocasiones, el mundo empresarial olvida que todas las personas son creativas. No es que unas lo sean más que otras, “sino que hay personas que trabajan de manera diferente a la de los demás. Su manera de situarse frente a la realidad es distinta”.

No ponerse límites

Frente a la dificultades a la hora de desatar la imaginación, Alcoba propone dos soluciones:

  • Entender que generar nuevas ideas “es un práctica evolutiva”. Para ello, no debemos centrarnos “en el resultado más inmediato”, lo que nos permitirá “adquirir visiones más amplias de las diferentes tareas y situaciones”.

  • “Aprender a dialogar con la disconformidad”. Para poder crecer es necesario sortear obstáculos y comprender que el mundo no es exactamente como nosotros lo vemos. Sólo aceptando las diferencias lograremos tener una visión más amplia de la realidad y podremos conseguir una innovación verdaderamente disruptiva.

Por muy complicado que parezca ser diferente y plantear alternativas totalmente rompedoras, hay forma de dar con “el Santo Grial” de la originalidad. Una de las claves está en “la fuerza de voluntad”, una constante defendida por el psicólogo austriaco Walter Mischel creador del test de Marshmallow (a través del cual se retaba a un grupo de niños de 4 años a controlar sus deseos). Aquellos que fueron capaces de no comerse el marshmallow que tenían delante, consiguieron otro. Con los años, se demostró que los más pacientes en aquel experimento resultaron ser, a la larga, adultos con mayor éxito profesional y personal.

La otra clave reside en algo más simple aunque extensamente repetido, ser uno mismo.

Foto de WTTJ

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Ana Valiente

Periodista freelance

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